Sólo lo que suma



En el primer borrador de este texto yo lo perdía todo. A fin de cuentas, el resultado no es más que la consecuencia de las operaciones que tú realizas y yo me había limitado a realizar restas. Me quedé desolada. ¡Lo perdía todo! Me lamenté durante días y, después, me paré a pensar que tal vez había cometido algún fallo porque, en el fondo, no me sentía como alguien que lo hubiera perdido todo.

Así que repasé mis cuentas. Había dado tanta importancia a las restas, que me había olvidado por completo de las sumas. Me había olvidad por completo de sumar la parte de mí que había recuperado. Las cosas que por fin me había atrevido a hacer. Todo lo que había aprendido. Sumaba también tres viajes que nunca pensé que haría. Dos locuras que nunca creí que podría cometer. Me restaba un no, pero me sumaba un buen puñado de  síes. A mis dos noches de llanto le sumaba más de cuarenta de risas. Y una que valía por un millón. Una llamada de teléfono capaz de cambiarlo todo. Una nueva forma de ver la vida. Sumaba las cosas que volvieron a mí cuando ya las había dado por perdidas. Las cosas que me atreví a hacer de nuevo. Las noches de verano. Las tardes de invierno. Y las personas, sobre todo sumaban las personas. Porque sí, porque vale que el 2013 me hubiera restado dos, pero me había sumado doce. Y seguían sumando, un año más, los que nunca restaron. Los que volvieron a sumar después de mucho tiempo.

Porque, al final, en la vida te queda sólo lo que suma.  Porque a veces es necesario restar algunas cosas para poder sumar otras. Porque, si analizas el resultado, verás que siempre sale positivo. Y, si no, tal vez solo hayas pasado algo por alto. Perdemos demasiado tiempo lamentando lo que nos resta, tanto que a veces nos olvidamos de todo lo que hemos sumado que, si lo piensas bien, es lo único que de verdad importa. Lo único que nos queda al final de la cuenta. Y no hay forma de perder cuando lo comprendes.

La soledad de los números primos

“Los números primos sólo son exactamente divisibles por 1 y por sí mismos. Ocupan su sitio en la infinita serie de los números naturales y están, como todos los demás, emparedados entre otros dos números, aunque ellos más separados entre sí. Son números solitarios, sospechosos, y por eso encantaban a Mattia, que unas veces pensaba que en esa serie figuraban por error, como perlas ensartadas en un collar, y otras veces que también ellos querrían ser como los demás, números normales y corrientes, y que por alguna razón no podían. Esto último lo pensaba sobre todo por la noche, en ese estado previo al sueño en que la mente produce mil imágenes caóticas y es demasiado débil para engañarse a sí misma.
En primer curso de la universidad había estudiado ciertos números primos más especiales que el resto, y a los que los matemáticos llaman primos gemelos: son parejas de primos sucesivos, o mejor, casi sucesivos, ya que entre ellos siempre hay un número par que les impide ir realmente unidos, como el 11 y el 13, el 17 y el 19, el 41 y el 43. Si se tiene paciencia y se sigue contando, se descubre que dichas parejas aparecen cada vez con menos frecuencia. Lo que encontramos son números primos aislados, como perdidos en ese espacio silenciosos y rítmico hecho de cifras, y uno tiene la angustiosa sensación de que la parejas halladas anteriormente no son sino hechos fortuitos, y que el verdadero destino de los números primos es quedarse solos. Pero cuando, ya cansados de contar, nos disponemos a dejarlo, topamos de pronto con otros dos gemelos estrechamente unidos. Es convencimiento general entre los matemáticos que, por muy atrás que quede la última pareja, siempre acabará apareciendo otra, aunque hasta ese momento nadie pueda predecir donde."



Y así, exactamente así era como se sentía. Como se había sentido siempre. Tratando de ser como los demás pero sabiéndose distinta. Buscando otro número primo pero encontrando simpre en medio uno par. Y, aunque intentaba encajar de algún modo con ellos, al final nunca salía bien. Y acababa de nuevo sola, como sólo saben acabar los números primos. 

Princesas 2.0




Se cansó de jugar a ser princesa. Actualizó su estado de Facebook a "es complicado", vendió el zapato de cristal en eBay y le mandó un Whatsapp al lobo feroz: "¿Nos vemos?". Ahora se pasa las horas comprobando la hora de su última conexión y publicando tuits de desamor mientras mueve con desgana el café que acaba de colgar en Instagram.

Manual de instrucciones


Después de leerme el manual de instrucciones, entendí la teoría. En realidad no era tan difícil. La clave estaba en dejar que todo pasara por el filtro del tiempo. Y, si algo caracteriza al tiempo, es que siempre pasa. No es algo que se pueda evitar o provocar, solo tienes que mantenerte ahí, cual palmera, hasta que el tiempo suficiente haya pasado.

Me lo planteé como una falta de alternativas. Lo cierto era que no tenía capacidad de acción posible. Las cosas pasaron por mí como un huracán, dejando mi vida devastada sin que yo hubiera tenido ni por un solo instante la posibilidad de evitarlo. Mi única opción era recoger los restos de todo aquello y empezar de cero. Aceptar que todo lo que había tenido antes de aquello se había esfumado.

Decía mi manual de instrucciones que lo que necesitaba era una meta. Bien, eso era fácil: yo quería ser feliz. Esa era mi meta, así que empecé a trabajar en ella. Tenía claro que la felicidad es una actitud. Nadie puede ser feliz si va por ahí con una cara hasta el suelo y arrastrando los pies, así que me forcé a sonreír. Es inimaginable lo que cuesta sonreír cuando lo único que quieres es llorar. Es como si te cosieras las comisuras de los labios a las mejillas. Al principio duele, pero al final te acabas acostumbrando y hasta se te olvida.

La ventaja de sonreír cuando tu mundo está en ruinas, es que nadie sospecha que aún estás buscando entre los restos del huracán algo que no esté demasiado roto. La gente ve tu sonrisa y entiende que eres feliz, así que te tratan como si realmente lo fueras. Esto consigue lo que yo llamo "el efecto espejo". Básicamente, acabas por sentirte como los demás te visualizan porque es lo que tú mismo has proyectado antes. Al final del día, llegas a casa y te sientes de maravilla. Como si realmente fueras feliz, aunque en realidad no lo seas. La felicidad de verdad no supone un esfuerzo.

Lo siguiente que tuve que hacer fue perder el miedo. Yo había generado una serie de miedos en torno a mi persona que me mantenían atada a la comodidad de mi zona de confort. Pero la zona de confort era ahora la zona cero, así que no me quedaba más remedio que huir de ella. Buscar un nuevo refugio.

Me propuse algo tan sencillo como decir que sí. Nos pasamos la mitad de nuestra vida rechazando cosas y, la mayoría de las veces, ni siquiera tenemos una razón convicente para hacerlo. Así que me dije: "se acabó. Voy a decir que sí. Voy a dejar que la vida me sorprenda. Voy a ver que pasa si me decido a hacer algo que a priori me aterrorice."

Y lo que pasa es que a veces te sale mal. Pero otras te sale muy bien. Y, casi siempre, te ríes en el proceso. O al menos, cuando ya ha pasado. Es más grande el miedo que se tiene que el que se ha perdido. Cambié la palabra fracaso por experiencia y resulta que me salió bien la jugada. Perdí, claro que perdí. Pero también gané y, sobre todo, aprendí. A mi edad. Cuando creía que ya no podía aprender nada. Ya ves.

Y, entre unas cosas y otras,  el tiempo siguió pasando. Me reconstruí. También me conocí. Nunca me había parado a hacerlo antes. Finalmente comprendí  que la felicidad no se vende prefabricada. No puedes montarte una vida ensamblando piezas, por muy perfectas que estas sean. La felicidad hay que trabajarla un poco todos los días. No es algo que vayamos a encontrar en un objeto o en una persona. Es algo que todos tenemos dentro. Supe entonces que, hasta cuando me quedé sin nada, conservé lo más importante: a mí misma. Y no necesité nada más que eso para empezar de cero.

Aún me tambaleo a ratitos y me fallan las rodillas a veces, pero he aprendido a doblarme (que no a romperme). Ahora viajo en caravana porque he entendido que construir sin cimentar primero suele acabar con una casa reducida a escombros. Y ya no busco mi felicidad en otra parte porque por fin comprendo que siempre estuvo dentro de mí. Intento convertirme en todo lo que siempre he buscado porque soy lo único que permanecerá siempre en mi vida. Yo soy mi única constante. También sonrío más, me atrevo el doble y he perdido más de la mitad de mis miedos. A los que quedan los voy domando a ratitos. Y a ratitos también lloro, me doblo en dos y tiemblo muerta de frío. Pero siempre encuentro consuelo en la manta del tiempo. Y, si no, espero a que salga el sol. Porque al final, no importa lo oscura que esté la noche, siempre acaba saliendo.






Distinto


Con él las cosas solían ser siempre diferentes. Huía de la normalidad. Decía que quería ser distinto pero, en realidad, lo que no quería era ser común. Corriente. Por eso se pasaba la vida esquivando la zona de confort. Procuraba hacerlo todo de la manera difícil. Hasta ir al cine con él era una aventura. Un reto. Le gustaba el riesgo, aseguraba. Había, incluso, encontrado la forma de hacer de ello su profesión. Nunca sabías lo que te ibas a encontrar cuando le encontrabas. Porque, eso sí, a él tenías que encontrarle. Por casualidad o por destino, quién sabe. Lo que sí era seguro era que jamás formaría parte de las citas de tu agenda. Con él todo sucedía, jamás se planeaba. Y siempre sucedía algo.

Huía de las rutinas. De los hábitos. De las costumbres. Solía salir corriendo de los lugares que comenzaban a resultarle familiares. Se alejaba de las personas tan pronto como empezaba a memorizar sus nombres. Cada día algo nuevo, decía. Y prometía con voz firme que él no le tenía miedo a nada.

Entonces llegó ella. Inesperada. Como todo en su vida. O tal vez no. Tal vez se había pasado media vida esperándola. Una vida entera. Y, desde el primer instante, su nombre se grabó en su cabeza. Tanto que, por mucho que corriera, jamás lograba alejarse lo suficiente. Y, a veces, solo  a veces, planeaba la manera de volver a verla. Otras se limitaba a planear la forma de no hacerlo. Porque él, que no tenía miedo a nada, tenía miedo a aquella sensación. La de querer hacer de alguien una rutina. La de querer convertir una boca en costumbre. Pero, sobre todo, tenía miedo a querer ser normal solo por estar a su lado.



Puedes irte, pero no hacerte

Si olvidamos el soniquete de la pandereta y retiramos la capa de caspa, nos queda de este país un lema que, como no podía ser de otro modo, patrocina una conocida marca de embutidos: "Puedes irte, pero no hacerte".

El español se puede ir de España, pero España no se va a ir nunca del español. Esa es nuestra cruz, aunque nos pese. O no. Hay quien se hincha de orgullo al decir que es español. Sobre todo si hay balones de por medio.

Pero ser español implica mucho más que hablar a voces, ser efusivos, dormir la siesta o cerrar los bares de madrugada. Ser español también es contemplar como tu Gobierno permite que la factura de la luz suba un 11% porque, en algún momento de la historia, un presidente con complejo de Dios decidió que había cosas que no podían seguir siendo públicas. Sobre todo si esas cosas generaban dinero y, más aún, si esas cosas eran además indispensables. Porque lo privado es más eficiente, aseguraba mientras repartía las empresas que habíamos construido entre todos con sus amiguetes de toda la vida. Lo que se vendió entonces no fue una compañía eléctrica, telefónica o de gas. No se vendió nada. Se compró. Un futuro para él, los suyos e incluso sus enemigos, que años más tarde aprenderían rápidamente a sacar beneficio de todo aquello.

Así de españoles eran. Porque sí, ser español también implica saber reconocer una oportunidad. Y esta lo era: la oportunidad de enriquecerse a costa del contribuyente. ¡Qué castiza es la corrupción! ¡La picaresca! ¡El nepotismo! No se puede negar lo español que es eso de tengo un sobrino que sería perfecto para este puesto. O, a ver si le echas una mano a la empresa de mi yerno. Y, si todo sale mal, siempre nos quedará la Justicia. Porque, no olvidemos,en este país todos somos iguales ante la ley.

Pero, si algo somos los españoles, es envidiosos. Por darnos, nos da envidia hasta el que nos engaña, el que nos roba, el que nos estafa. ¡Yo también lo haría si pudiera! dicen. Y lo harían. Claro que lo harían.

Eso sí, a fieles no nos gana nadie. Aunque yo diría, más bien, sectarios. Cuando un español se decanta por una ideología, no se le saca ni con verdades. El español no ve más allá de sus razones, aunque las acabe de sacar del argumentario de turno. Aunque ni siquiera las comprenda. Sus ideas son inamovibles, como su voto. El voto español es un acto de fe. O de memoria, más bien.

Por eso, tal vez, los españoles no se van: los españoles huyen. De la vergüenza que este país implica. De no sentirse representados por sus instituciones, por su justicia, por sus gobernantes. De verse contínuamente ninguneados, golpeados, abatidos. De sentir cómo les quitan de las manos todo por lo que sus padres lucharon. Los españoles huyen de una España prostituida, vendida, rota. Los españoles salen corriendo de aquí porque a esta España ya no la reconoce ni la madre que la parió. La hemos convertido en una ramera barata en manos de políticos corruptos e incompetentes, tan cenutrios que no son capaces de evitar salpicarse de mierda en su propio charco. Y, aún así, no hacemos nada. Los que no huyen, permanencen. Y todos contemplamos en silencio como nos lo arrebatan todo, hasta el derecho a quejarnos. ¡Qué español eso de quejarse también!

Y quizás, solo por esto, tengan razón los del choped: podemos irnos, pero no hacernos. No puedes nacionalizarte en la dignidad que nos han robado. Así de triste.


La chica que coleccionaba palabras


Tenía los ojos grises, la voz firme, los labios cortados. Una sonrisa que, con desgana, forzaba a iluminar todo su rostro. A veces parecía evaporarse. A mitad de una frase o de una mentira, no sé, lo cierto es que desaparecía. Sin más. Sin explicaciones. Y te quedabas con cara de tonto mirando su ausencia hasta que, ¡zas! ahí estaba de nuevo. Con una risa fresca y descarada que te hacía caer de espaldas. Como si acabara de llegar. Como si nunca se hubiera ido.

Era rubia, morena o pelirroja. Según cuando la hubieras conocido, de los rayos de sol que hubiera en ese momento o de lo oscura que fuera la noche. Solía recogerse el cabello sobre la nuca, dejando que mechones del mismo cayeran desordenados sobre su rostro. Distraída los retorcía sobre sí mismos mientras, sentada junto a la ventana, veía las gotas de lluvia caer sobre el cristal. A mí me gustaba observarla entonces, cuando sabía que estaba ahí para quedarse. Aunque solo fuera hasta que dejara de llover.

Coleccionaba palabras. Las capturaba con la cámara de fotos para después colgarlas en las paredes de su cuarto. Frases. Fechas. Nombres. Citas. Promesas de amor. Nunca me atreví a preguntar, pero siempre pensé que, de algún modo, trataba de buscarse a sí misma entre todas aquellas palabras. Pero nunca se encontró. Lo sé porque me lo dijo.

-No consigo encontrarme -me confesó un día.

Y, aunque en ese momento quise decirla que se quedara conmigo, lo cierto es que no dije nada. Me limité a ver como se evaporaba una vez más. Y me quedé mirando mis manos, aún llenas de ella, pero vacías a fin de cuentas. Porque nunca me atreví a decir eso, que aún cuando desaparecía seguía estando conmigo. Que, de algún modo, siempre se encontraba en mí. Pero me callé. Y aquella última vez no regresó.

Donde habita el olvido

Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido,
una vez me contó, un amigo común, que la vio donde habita el olvido... 


Y llegó el frío sin ti. Qué raro atravesar la Gran Vía sin tu mano en mi mano. Con las luces iluminando la oscura noche de Madrid. Sola entre la multitud. Buscando en cada pupila ajena un guiño cómplice, una esperanza. Una nota de calor que haga que esta noche sea menos fría. Pero llegó el frío sin ti. Para quedarse. Ahora me toca meter las manos, siempre heladas, en mis bolsillos. Tropezar con cualquiera que no seas tú. No, eso no volverá a pasar. Ahora soy yo. Y el frío. Y las luces de navidad, las de siempre, aunque me parezcan tan distintas ya. Ahora todo es un poco más raro y, sin embargo, no deja de ser lo de siempre. Y la vida sigue y todo es igual aunque sea completamente diferente.

Te dejé en alguna papelera de Chueca, reducido a cenizas. El olvido se vende caro estos días. Y yo solo quiero desaparecer. Ojalá las cerillas bastaran para quemar esta pena. Este olvido. Qué imposible parece todo. Qué lejano también. Como si perteneciera a otra vida, una que ya no me corresponde.

Y supongo que eso es todo. Nunca tuve mucho más que hacer, ya ves. Seguir caminando, perderme entre la multitud, evaporarme. Llevarme un puñadito de esta pena en los bolsillos, mientras encuentro algún otro lugar en el que echarla. En el que perderte. Quizás cuando haga calor de nuevo. Cuando las calles se vacíen. Y la soledad sea un poco menos fingida. Y no me quede más remedio que dejar de esconderme en donde quiera que sea que habita el olvido.


Inerte

Hay en mi cama una frontera de sábanas frías y almohadones que nunca me atrevo a traspasar. A veces hago de ella trinchera y otras la observo desde la distancia, recordando qué forma tenía cuando era su cuerpo el que se ubicaba en ella. Casi nunca lo consigo. La forma de su cuerpo se fue, como tantas otras cosas, disolviendo en mi memoria.
Lo que si recuerdo, o creo recordar, es que la cama era más estrecha cuando le contenía. Desde que no está, no he sido capaz de encontrar sus límities. Esos por los que antaño siempre me caía. Es ahora mi cama infinita, como nosotros no fuimos. Así de raro.
Entiendo que cuando la cama recupere su tamaño y forma, de él no quedará ya nada. Será entonces mi cama, solo mía, sin trincheras ni fronteras, limitada y recién hecha. Y yo podré, por fin, dormir sin soñarle. Ignorar que mis sábanas alguna vez le atraparon y que no eran tan frías cuando él estaba. Desprenderme de esa pequeña decepción que me asalta cada mañana cuando encuentro en el almohadón un abrazo inerte. Como mi cama será entonces. Despojada de la vida que la dimos. Muerta. Como ese nosotros taciturno que se llevó el alba.

Al final


Tú. Eso es todo lo que quedará al final. El puñado de huesos y carne que te componen. Lo que hayas metido dentro con el paso de los años. Todo lo demás se irá diluyendo. Dejará de ser importante. Lo que creías que sería para siempre pasa a ser un recuerdo intangible que, sí, perdurará en ti... pero no podrás abrazarlo. Ya no. Y todo carecerá de importancia cuando comprendas que, al final, no se trata tanto de lo que es como del momento en el que lo es. El momento lo es todo. Quién eres tú en ese momento exacto. De ese detalle dependerá absolutamente todo. Porque al final solo quedarás tú. La manera en que lo viviste. La forma en que lo recuerdas.

Y, al final, entenderás que solo te debías a ti misma. Que eras la única que sabía cuidarte. Entenderte. Amarte. Se necesita una vida entera para conocer a alguien así. También paciencia.

Verás al final que frente al espejo siempre estuviste tú. Nadie más. Que lo que recibías no era más que tu reflejo en otros. La forma en que te mostrabas. La forma en que te hacías ver. Que eran tuyas las sonrisas y también tuyas las lágrimas. Que nadie las puso jamás sobre tu rostro.

Comprenderás al final que fuiste tú quien perdió esa oportunidad. Quien no pronunció aquella frase. Quien no cumplió aquel sueño. Que los que dijeron que era una locura hace tiempo que marcharon. Que la locura fue no escuchar tu propio instinto.

Que al final no importará tanto lo que otros pensaron de ti porque serás la única que quede para evaluarte. Y solo tú podrás decir si valió la pena. Solo te quedarán tus propios reproches y tus propios elogios. Y al final, siempre al final, entenderás por fin que no estuvo tan mal. Que, de hecho, no pudo haber sido mejor. Porque, al final, todo lo que te sucedió te convirtió en ti. Y eso no puede ser más que perfecto.


Volar


Cuando todos por fin se marcharon y la abuela apagó la luz de la habitación, se durmió soñando que él también podía volar y que, como su padre, viajaba hasta ese lugar al que llamaban cielo para acurrucarse de nuevo en brazos de su mamá.

Desconóceme

Desconóceme.
Crúzate un día conmigo por casualidad.
Mírame a los ojos.
Sonríe.
Pregúntame mi nombre.
Repítelo en tu cabeza mientras me dices el tuyo.
Observa mi sonrisa.
Recreáte en mis labios.
Piensa en cómo sería besarme.
Dime algo divertido.
Que me ría.
Contágiate con mi risa.
Pídeme que vayamos a cualquier otro lugar.
Sonrójame.
Cógeme de la mano mientras escapamos de la gente.
Dime que soy diferente.
Que nunca habías conocido a nadie como yo.
Que nunca te habías sentido así por nadie.
Acaricia el dorso de mi mano.
Susúrrame al oído que soy preciosa.
Bésame en esa farola.
Compara ese beso con el que antes imaginaste.
Vuelve a besarme.
En cada farola.
En cada esquina.
Hasta que lleguemos a tu portal.
Abre la puerta, nervioso.
Guiáme, entre risas, hasta el ascensor.
Guiáme, entre besos, hasta tu dormitorio.
Recorre mi piel con tus manos.
Deshazte de toda mi ropa.
Acariciame.
Muérdeme.
Saborea cada centímetro de mi piel.
Descubre cómo suenan mis gemidos.
Introdúcete en mí.
Dime cuánto me deseas.
Repítelo.
Haz que me estremezca.
Abrázame.
Estremécete conmigo.
Duérmete a mi lado.
Apaga el despertador.
Murmura que se te acabó el desayuno.
Vístete.
Observa como me visto.
Acompáñame a la puerta.
Bésame en los labios.
Dime que me llamarás.
Finge apuntar mi teléfono en el tuyo.
Y, después de todo,
vuelve a desconocerme.


Escombros


Lo peor siguen siendo esos días en los que el techo se desploma sin avisar. Y las sonrisas se me caen al suelo y no hay manera de encontrarlas entre tanto escombro. Me suele encontrar la noche, en esos días, caminando a gatas por la casa, tratando de localizar alguna que no esté demasiado rota, cualquiera que pueda llevarme a la cama para que el amanecer no me sorprenda de nuevo desnuda. Porque no hay nada peor que amanecer así de vacía. Es una cosa terrible. Como si mis ojos fueran una presa a punto de desbordarse. Pero no son las lágrimas las que me preocupa, que va. A ellas podría dejarlas salir, si tuviera. Lo malo son los recuerdos. Los recuerdos siguen cosidos a mi memoria y no hay manera alguna de arrojarlos fuera. Se quedan ahí, aletargados y parece que se alegran cuando yo no puedo hacerlo, saltan de golpe y se ponen a dar vueltas por mi cabeza y no se van en todo el día. Y, haga lo que haga, están ahí. Y parece que no se cansan hasta que termino de barrer la casa o recuerdo que guardé una sonrisa de emergencia en algún cajón de la cómoda. Solo entonces parecen aburrirse y vuelven a ese lugar de mi cabeza al que no tengo acceso, ese en el que se conserva intacto todo lo que quiero olvidar y nunca consigo hacerlo. En el que parece no poder entrar nada de lo que necesito recordar y nunca puedo.

Me siento, en esos días, como la muñeca rota que se quedó olvidada al fondo del baúl. Como deben sentirse las cosas que guardamos en los trasteros. O las palabras que no se dicen. O las oportunidades que se pierden. Me siento como si me hubieran quitado un trozo de algo que no consigo ubicar. A veces me quedo sin respiración al pensarlo. Me viene, entonces, toda la tristeza de golpe. Cuando entiendo que no lo puedo ubicar porque no es tangible. Lo otro, lo que pude medir, pesar y contabilizar, se va asimilando. Poco a poco va dejando de doler. Va dejando de importar. Va perdiendo su valor. Pero esto. Esto es otra cosa. No es nada y lo es todo. Es lo que yo era. Lo que creía que sería. Es esa parte de mí que creía en los finales felices. La que confiaba en las personas. La que se sentía segura. La que se enamoraba dos veces al día de la misma persona de la que se había enamorado años antes. La que no guardaba palabras, la que no entregaba silencios. La que no conocía el rencor, el odio, la rabia. Todo eso que ya no encuentro. Todo lo que se ha convertido en cinismo, en ironía, en inseguridad, en furia. Y me caigo al suelo de rodillas al entenderlo. Que al final, de todo, lo peor fue eso. Perderme. Y por eso el techo se sigue desplomando algún que otro día. Y por eso tengo que esconder sonrisas de emergencia en el cajón de la cómoda. Aunque a veces ni así consiga encontrarlas. Aunque a veces amanezca tan vacía que no sepa ni cómo empezar a llenarme de nuevo.

Discrepancias


 Donde ella veía distancia, él veía una oportunidad. Si ella hablaba de destino, él replicaba que nada estaba escrito. Ella creía en la suerte, él en el trabajo. Lo que a él le asustaba, a ella la fascinaba. Lo que a él le entusiasmaba, a ella la aburría. Cuando ella tenía frío, él tenía calor. Si él susurraba que aquello era una locura, ella le devolvía una sonrisa. Lo que él entendía como prisa, para ella eran ganas. Él hablaba de volar cuando ella aún estaba aprendiendo a pisar el suelo. Si ella decía verde, el decía azul. Cuando ella quería comer pasta, él prefería carne. Casi nunca se ponían de acuerdo en nada. Hasta que sus labios se encontraban. Y entonces sí, de repente todo tenía sentido. Porque lo que tenían en común era lo único que importaba: estaban locos el uno por el otro.

Ella


A veces ella es toda tuya. Encogida en la cama, con su pies de fuego bajo los tuyos de hielo. Con los ojos cerrados y la boca abierta. El cabello revuelto esparcido sobre la almohada y su respiración pausada cayendo sobre tu nuca. Sus brazos rodeándote y su vientre contra tu espalda. Como si no estuviera dispuesta a dejarte ir nunca.

Y a veces ella deja de pertenecerte. Se pinta los labios de rojo y sale a buscar cualquier barra de bar solitaria. Se sienta de lado y enciende un cigarrillo que apaga casi siempre en el acto, pide un whisky sin hielo que nunca se bebe y sonríe con picardía al camarero. A veces aparece un extraño cualquiera que la invita a otro trago. Y ella acumula copas repletas al borde de la barra mientras ignora los destellos que dentro de su bolso emite su teléfono móvil. Mientras ignora que tú la estás buscando porque ha llegado la madrugada y la cama siempre está fría cuando ella te falta.

Puntadas

Ni pienso, ni busco, ni quiero volver.
 No quiero ni verte, ni hablar, ni saber. 
Yo quiero irme lejos, tanto como pueda... 
quiero que me veas desaparecer. 


Y te quiero decir que estos pedazos que ves no son más que la suma de mis partes. Que voy cosiéndolos a poquito y que a veces me pincho la yema de los dedos con la aguja. Que todavía escuece aunque ya no duela. Que todavía deshago mis puntadas si el color del hilo deja de convencerme. Que no tengo patrón, ni fecha de entrega. Que me hago un poco a jirones y otro poco a retales. Y voy siendo un poco más yo aunque ya no recuerde quien era. Y no puedo decirte hoy lo que sucederá mañana. Porque quizás mañana se me acabe el hilo. O puede que consiga dar, por fin, la última puntada. O que salga corriendo a mitad de la noche y me olvide la aguja sobre la mesa. Porque a veces, aunque jamás lo confesaría, me muero de miedo. A volverme a romper, sobre todo. Porque entiendo que nunca seré la misma que era antes de coserme. Y aunque no sé si eso es tan malo como parece, entiendo que sí es irreversible. Ya ves, a mí que me aterraba lo definitivo. Y aunque ya perdí el miedo, no hice lo mismo con el respeto. Que me desvanezco a ratitos y a ratitos también brillo. Y que ese brillo puede cegarte si me miras de frente. Por eso te quiero decir que no soy ni lo que tú ves ni lo que yo cuento. Que quiero más de lo que puedo. Que puedo más de lo que creo. Y que intento. Sobre todo que lo intento. Y que, aunque a veces parece muy fácil, otras se me antoja imposible. Y no recuerdo cómo era aquella puntada y me acobardo de golpe. Y me encojo, me ahogo, me doblo, me quiebro. Pero al final, no sé cómo, consigo enhebrar la aguja y empiezo de nuevo. Porque cuando descubres que puedes con los finales empiezas a dudar si alguna vez podrás de nuevo con los principios. 

Bailando bajo la lluvia


Me gusta poder verla así, saltando charcos despreocupada. Como si no hubiera nada más allá de sus botas de agua. Sonríe tanto que se empiezan a formar pequeñas arrugas en las comisuras de sus labios. Con el pelo revuelto y enredado cayendo empapado sobre su frente. Ni siquiera se ha percatado de mi presencia. Lleva el chubasquero azul que le regalé en su cumpleaños desabrochado. Su vestido se ha empapado pero no parece importarle. Sobre la acera descansa el paraguas rojo, cerrado. Y empieza a llover de nuevo, pero ella no lo recoge. Cierra los ojos y eleva la cara para llenársela de lluvia. Y baila como si una música invisible la rodeara. Baila y sonríe con más intensidad si cabe y, justo en ese instante, sé que es tan feliz que podría contagiar a toda la ciudad. Por eso corro a abrazarla y bailamos juntos bajo la lluvia. Ella me envuelve con su chubasquero y susurra en mi oído que todo va a salir bien. Y, por primera vez en mucho tiempo, la creo.

Al fin del mundo


Qué fácil hubiera sido seguirte al fin del mundo. Habría cogido cualquier avión que me hubieras pedido solo para poder verte sonreír también a 30000 pies de altura. Por verte aterrizar, entre feliz y cansada, en cualquier lugar ajeno a nosotros.

Hubiera llenado mi maleta de cualquier cosa si así lo hubieras querido. De nada, de todo. ¿Qué podía importar el equipaje si el viaje era contigo? Hasta con los bolsillos vacíos hubiera viajado a tu lado, sabiendo tan solo que estarían llenos con tus manos congeladas cuando me abrazaras por la espalda.

Habría accedido a acompañarte a cualquier lugar que hubieras podido señalar aleatoriamente en el mapa lleno de chinchetas que tenías colgado en la pared del dormitorio. Así, sin dudas hubiera ido a cualquier ciudad de cualquier país que tú hubieras elegido a ciegas. Con los ojos cerrados te había seguido antes ya, poco más que a ti podía ver cuando estabas cerca.

Habría podido despertar cada mañana en cualquier cama extraña de cualquier motel barato solo para poder verte, si así lo hubieras deseado. Con el pelo revuelto y la marca de la almohada en la mejilla izquierda, esa media sonrisa somnolienta que te esforzabas por regalarme cada mañana. Hubiera podido acostumbrarme hasta a la soledad de sentirme un forastero en tierra extraña a cambio de disfrutarte esos treinta segundos cada día.

Y qué fácil hubiera sido todo, contigo.

Pero tú nunca me pediste nada. Y yo me quedé en tierra.

Sigue buscando

Lo que pasa es que, después de haber sido durante tanto tiempo otra persona, no consigues nunca volver a ubicarte en quién eras. Cada experiencia vivida, aunque le haya sucedido a esa tú a la que ya no conoces, ha ido cambiando aquella que eras hasta dejarla irreconocible. Y, de golpe, despiertas en medio de ninguna parte y te ves obligada a empezar a construirte desde el principio... pero, ¿qué define a una persona? Yo me podría definir en todo lo que me gusta. También en lo que no. Podría llegar a sentirme representada por lo que he hecho. Por lo que he dicho o escrito. Puede que también por lo que he callado. Por lo que sentí y por lo que traté de no sentir. Por cada promesa. Por cada sueño. Pero ni aún así me sentiría definida. Es como si ahora mismo lo único que de verdad pudiera representarme fuera un letrero gigante que dijera "En construcción". Una tarjeta de esas que rascas con la uña y en las que siempre dice "Siga buscando". Uno de esos miles de andamios que inundan mi ciudad.

Ahora mismo no soy nada y, al mismo tiempo, lo soy todo. Ni mis gustos me limitan porque empiezo a descubrir que nunca fueron tan rotundos. Que todo es posible cuando decides que todo sea posible. Que todo es más fácil cuando dejas de intentar agradar a todo el mundo. Y ya no necesitas ser perfecta y en la imperfección encuentras otras mil posibilidades. Porque ya no es necesario que nadie apruebe tus decisiones. Que alguien aplauda tus actos. Eres libre para ser quien quieras pero también para no tener que ser quien no quieres ser. Ya no hay cadenas, no hay jaulas. Ya no hay excusas, solo medios. Y se acabaron las explicaciones y los justificantes. No hay expectativas, no hay miedos. Y, de algún modo, sientes que podrías pasar el resto de tu vida buscándote. Pero también que terminarás por encontrarte. Y, quién sabe, quizás acabe por definirte ese instante, justo antes de abrir los ojos, cuando el día aún no ha comenzado y todo, absolutamente todo es posible.


La felicidad es una actitud


Después de aquello, dibujé una sonrisa permanente en mis labios que rehacía cada mañana con rotulador hasta que comprendí que ya no la necesitaba. Que mi boca había aprendido a ser feliz y estaba enseñando al resto de mi cuerpo.

Y todo empezó a ir mejor de golpe. Le di la vuelta a la situación. Perdí el miedo. Empecé a intentarlo. Ser feliz se convirtió en una actitud para mí. Me dediqué a derribar obstáculos y a saltar vallas. Bailé. Canté. Me volví un poco loca. Cambié los muebles, saqué la basura, me corté el pelo. Borré el NO de mi diccionario por un tiempo. Acepté cada reto. Conocí a cada persona que se cruzó en mi camino. Me dediqué a escuchar a los que ya estaban. A recuperar a quienes había perdido. Pasé las canciones tristes, subí el volumen de las alegres. Apagué la televisión. Encendí mis libros. Volví a escribir

Las oportunidades empezaron a llegar antes de que yo saliera a buscarlas. Fue como, si de golpe, todo el universo quisiera que yo fuera feliz. Tuve la certeza entonces de que todo saldría bien. La sensación de que había entrado en sincronía con mi destino. Como si ya nada malo pudiera sucederme porque, incluso lo peor, era tan solo una parte más del plan. No había nada que me hiciera infeliz porque era yo quien controlaba lo que me sucedía. Me prometí a mi misma hacer solo lo que de verdad quisiera hacer. Decir siempre la verdad. Prometer solo lo que podía cumplir (y cumplirlo siempre). Me quité de encima todas las apariencias y todos los por si acaso. Dejé mis hombros sin carga alguna y guardé el poco equipaje que me quedaba en el trastero. Y empecé a vivir el cero que me dejó aquel infinito.

Hoy sonrío sin esfuerzo y, aunque hay veces que la primera sonrisa cuesta un poco más, lo cierto es que las que van detrás siempre acaban saliendo solas. Porque, al final, somos lo que queremos ser y nos sentimos como nos permitirmos sentirnos. Y todo lo demás se limita a estar en sintonía con ese estado de ánimo. Por eso yo he elegido ser feliz. Porque ningún final debería robarle a nadie la sonrisa.


Yoda se equivoca

HAY UNA ESCENA en la Guerra de las Galaxias en la que Yoda le dice a Luke algo parecido a «Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes». Cuando escuché esta frase por primera vez, pensé bastante en ella. Al principio me pareció una frase cargada de razón pero, a medida que pasaba el tiempo, la encontraba más absurda. Al parecer, para Yoda en la vida se podía triunfar o no hacer nada. El fracaso no entraba en sus planes. Intentarlo y no tener éxito no era una opción válida. ¡¿Cómo?!

Puede que, a priori, parezca hasta lógico. ¿De qué sirve intentarlo si no se consigue? No parece tener mucho sentido. Sin embargo, Edison necesitó mil intentos antes de inventar la bombilla y nunca los consideró un fracaso. Citándole: «¿Fracasos? No sé de qué me hablas. En cada descubrimiento me enteré de un motivo por el cual una bombilla no funcionaba. Ahora ya sé mil maneras de no hacer una bombilla». Es inmediato pensar que sí, falló, tan solo consiguió triunfar con aquel intento mil uno pero, ¿no fueron acaso parte de aquel triunfo los mil fracasos anteriores? ¿No lo consiguió, finalmente, a base de intentarlo?


Así empieza mi artículo para el nuevo número de Vozed, podéis leerlo completo aquí

Blue

Tengo en el trastero, encerrados en bolsas de basura, todos los objetos que olvidaste por aquí. Los fui guardando a medida que iban apareciendo, sin atreverme a tirarlos y sin ganas de devolvértelos. Se fueron quedando atrapados en esas bolsas de basura que compré en el supermercado el día antes de que me dijeras, por fin, que no volvías. Cuando yo ya lo sabía pero mis oídos aún necesitaban escucharlo.

Tenía, el día que compré las bolsas, los cajones inundados de ti. No necesitaba abrirlos para saberlo y, de hecho, no me había atrevido a abrirlos desde que te marchaste. Creía en la ridícula idea de que, dejándolos en su sitio, conservaba el vínculo que te ataba a la casa. Como si tus cosas pudiesen hacer contigo lo que yo no había logrado.

Pero luego me dijiste que no volvías y lo único que encontré con suficiente capacidad para contenerte fueron aquellas bolsas de basura azules. Fue imposible no pensar, mientras las sacaba del cajón al día siguiente, en lo bien que te sentaba el color azul y, aunque no las había comprado con tal propósito, no se me ocurría mejor color para contenerte. Como si todo aquello estuviera mejor solo por aquel motivo, ya ves.

Mentiría si dijera que lloré. Ni una sola lágrima vertí mientras, cajón a cajón, iba sacando cada pieza del puzzle que alguna vez fue nuestra vida en común. No porque no doliese o porque no fuera triste, que lo era. Pero no he conseguido derramar ni una lágrima desde que te marchaste. Es como si mis ojos supieran algo que yo aún no entiendo, aunque empiezo a comprender que a veces un final es el único principio posible. Y nosotros llevábamos ya demasiado tiempo atrapados en aquel nudo. Los nudos de las historias mediocres tienen la costumbre de dejarte sin lágrimas porque sus finales suelen ser precipitados y desganados. Como si, de repente, se quedaran sin nada más que decir.

Por ahora, lo único que no consigo sacar de la casa es tu ausencia. No hay bolsa que la contenga. La veo en cada hueco de la estantería. En cada cajón que abro y encuentro vacío. En esa percha solitaria que dejaste en el armario. Es raro, pero uno nunca es consciente del peso que tiene alguien en su vida hasta que tiene que sacarlo por completo de ella. Es entonces cuando puede contabilizarlo. Noventa litros exactos. Lo sé porque cada bolsa tiene una capacidad de treinta, lo pone en la caja. Y para ti necesité tres. Eso es lo tangible. Lo que no puedo pesar lo mido en vacíos. En recuerdos. En reproches. No venden pastillas para olvidar en el supermercado aunque, si lo hicieran, estoy segura de que serían azules. No me las puedo imaginar más tristes.

En dos


Me dividí en dos, ahora lo entiendo. Sobreviví, perdí el miedo. Pero volver a unir las piezas fue imposible. Puede que pase el resto de mi vida siendo estas dos mitades que no se comprenden. La que querría ser contigo, pese a todo. La que decidió que sería mejor sin ti.

Aún hay veces que, al despertarme, palpo somnolienta tu lado del colchón. Dura menos de un segundo esa sensación extraña de perderte antes del alba, pero aún así duele. No de la manera en que dolía antes porque ahora yo soy dos y hay una mitad que te ha superado. Tampoco duele la mitad. Es solo un dolor amortiguado, raro.

Tenía entendido que la vida iba sobre hacer planes, por eso pasé tanto tiempo haciéndolos. Pero hay cosas que no pueden planearse y que lo cambian todo, que parten en mil pedazos el futuro que habías ideado. Por eso ahora ya no planeo nada. Cuando pasas tanto tiempo escuchando cual es el camino correcto, según los demás, para ti, lo tomas y todo sale mal... de repente solo quieres perder el control. Dejar de hacer lo que se supone que debes hacer para empezar a hacer lo que realmente quieres hacer.

Pero esa es solo una mitad. La otra aún quiere, desesperadamente, que acudas en su busca. Entretenerse recogiendo esos pedazos de planes rotos del suelo para volver a pegarlos con cuidado, aunque sabe que nunca volverán a ser lo mismo que eran antes de romperse. Así de ingenua es, así de tonta. Cobarde porque toda mi valentía se ha echado a un lado y me hace perder el equilibrio a veces. Y me siento débil y asustada el minuto exacto que tardo en recuperarlo.

Empiezo a acostumbrarme a estar dividida, no creas. La mitad valiente, la que te sobrevive me da coraje. Es como ser quien siempre había querido ser. Me atrevo a todo cuando ella está al mando. Pierdo el miedo. Y soy feliz. Una felicidad distinta, más sencilla. De la que te hace sonreír sin motivo y sentirte afortunada por lo más nimio. De la que no está supeditada a otros, de la que solo depende de mí misma.

Es esta mitad la que puede que me lleve lejos de aquí, la que me haga desaparecer. La que entierre esa parte de mi que aún no te ha olvidado. Porque la vida, al final, sí que consiste en hacer planes. Pero también en aceptar que a veces no pueden realizarse y hay que hacer otros nuevos, aunque te lleven por un camino totalemente diferente al que te habían indicado.







Miedos


El otro día alguien me preguntó que a qué le tenía miedo. Por el momento y la situación, no supe que contestar, así que dije lo primero que pasó por mi cabeza y cambié de tema. Sin embargo, una parte de mí no se pudo quitar la pregunta de encima porque sabía que no había sido sincera en mi respuesta.

Si me lo hubieran preguntado hace un par de meses, probablemente habría terminado por redactar una lista inmensa de cosas que me aterrorizaban. Habría incluido en esa lista mi irracional miedo a los finales, a los silencios, a la soledad o al olvido. Lo mucho que me aterran los acontecimientos inesperados, las cosas que escapan a mi control o las sorpresas. Hubiera terminado hablando de mi pánico a los cambios, a las decisiones, a los impulsos. También, por supuesto, habría tenido que escribir sobre mi miedo a las agujas, a las alturas y al fracaso . Lo tengo tan claro porque, de hecho, empecé a escribir esa lista. Y, a medida que escribía, me iba dando cuenta de que ya nada de todo eso era cierto.

Sucede algo misterioso cuando te enfrentas al mayor de tus temores y sales victoriosa. De repente, te sientes capaz de todo. Lo que más temía en el mundo me sucedió hace un par de meses. Llevaba años teniendo un miedo irracional a que eso pudiera pasarrme y, cuando finalmente lo hizo, creí de verás que sería mi fin. Pero no lo fue. Sobreviví. Para ser más precisa, diría que viví. Por primera vez en mucho tiempo. Porque al final el miedo no es más que una forma de no permitirte vivir por completo. Pasamos tanto tiempo preocupados por lo que nos asusta, que nos olvidamos de que hasta eso forma parte de nuestra vida.

Ya no me dan miedo los finales porque he escrito el que, posiblemente, sea el mayor final de mi vida. Me he acostumbrado al silencio, tanto que me siento incluso cómoda en su compañía. No temo a la soledad porque sé que implica estar conmigo misma y eso me agrada. Tampoco temo al olvido porque ahora sé que solo se olvida lo que se necesita olvidar. Las sorpresas han resultado ser maravillosas. Me gusta no tener nada bajo control, es liberador dejar que las cosas simplemente sucedan. Los cambios ahora me parecen oportunidades y he descubierto que los impulsos a veces traen consigo una alegría. Ahora quiero volar y escribir sobre mi piel una sonrisa para que nunca se me olvide que la vida no consiste en esperar a que pase la tormenta, sino en bailar bajo la lluvia. Ya no temo al fracaso porque por fin entiendo que es también una forma de triunfar. He hecho pedazos esa absurda lista y he comenzado una nueva: la de las cosas que me quedan por hacer. Y soy feliz, de hecho, creo que nunca había sido verdaderamente feliz hasta ahora.

Y, si me volvieran a formular la misma pregunta, mi respuesta sería que solo le tengo miedo al miedo. Porque es lo único que debemos temer. Porque es lo único que nos impide vivir.


La zona de confort



Antes de que pueda reaccionar, traza un círculo sobre la arena, rodeándola.

-¿Qué haces? –pregunta sorprendida.
-Estás atrapada en tu zona de confort.
-¿Mi zona de confort?
-Es el lugar donde te sientes segura. Ya sabes, la rutina, lo fácil. Lo que no asusta.
-¿Y qué tiene de malo estar atrapada en ella?
-Que no eres feliz.
-Sí soy feliz.
-¿De verdad lo eres?
-Sí.
-¿Por qué?
-No lo sé, no tengo ningún problema ahora mismo, ninguna preocupación.
-¿Y eso es para ti ser feliz?
-Supongo.
-Dime una cosa, si te dijeran que solo te queda un día de vida, ¿harías exactamente lo que has hecho hoy?
-No, claro que no.
-¿Qué harías?
-No lo sé, un millón de cosas. Sería imposible hacerlas en un único día.
-¿Y qué te impide hacer esas cosas?

Guarda silencio un instante. Piensa en su trabajo, al que acude por obligación cada mañana, para conseguir un dinero que desaparece tan rápido como entra. Piensa en aquel reportaje sobre Nepal que vio en televisión dos semanas atrás. Piensa en él, en todo lo que le diría si no tuviera tanto miedo a su reacción. Y entonces lo entiende.

-El miedo.

Él sonríe al escucharla. Con el pie derecho, borra un trozo del círculo que acaba de trazar y dibuja una puerta. Luego, escribe sobre la arena: felicidad.

-Tienes que salir de tu zona de confort.

Ella, divertida, comienza a caminar hacia la puerta imaginaria que él acaba de crear.

-No, no de cualquier manera.
-¿Cómo entonces?
-Tienes que salir justo al revés de cómo entraste. Entraste acomodándote, sin afrontar ningún riesgo, ¿verdad? Pues saldrás justo al contrario. Vamos, haz el pino. Yo te sujeto.
-¿Que haga qué?
-El pino. Pones las manos en el suelo y elevas las piernas hacia mí. Luego te ayudo a caminar hasta la puerta.
-¿Estás loco? Hay gente mirando.
-¿Y te importa más lo que piensen un puñado de desconocidos que lo que piensas tú misma?
-No voy a hacer el pino.
-Bien. Quédate en tu zona de confort entonces. No arriesgues, una vez más. Acobárdate.
-No tengo miedo, pero no quiero hacer el ridículo.
-Cuando arriesgas, corres el riesgo de hacer el ridículo. Y de perder, fracasar o equivocarte. Pero también puedes ganar, triunfar, conseguir que tus sueños se vuelvan realidad. La única forma de conseguir algo es intentarlo, aunque esa sea también la única forma de fallar. Puedes quedarte atrapada para siempre en tu zona de confort, vivir una vida desprovista de pasión, aceptar cada rutina que la vida te imponga, morir lamentando todas esas cosas que no hiciste. O puedes hacer el pino, aquí y ahora.

Le mira a los ojos un instante. La mirada firme y convencida que devuelven dice todo lo que necesita saber. Es entonces cuando toma su decisión. Despacio, se agacha y posa sus manos sobre la arena. Dispuesta a todo. 

Infinito

Y nos quedamos, de algún modo, en aquel candado que prendimos del puente de Brooklyn. Para siempre, dijimos. Pero los infinitos no se construyen con tinta sobre la piel. Ni se cierran con llave.

Resulta que también había un final para nosotros. Estiramos tanto aquel infinito que nos quedamos en nada. Y en nada, dos ceros ajenos, nos convertimos. 

Se me hace raro, ahora que te has ido, sentir que todos los recuerdos que creamos juntos están tan rotos como nosotros. Como si fueran menos reales ahora que ya no existimos. Se desdibujan los paisajes y se van perdiendo los detalles, como si se colaran por el desagüe de mi memoria. 

No sé cómo entenderme sin ti. Aún estoy aprendiendo a interpretarme. Tanto tiempo siendo dos, que al final me olvidé de cómo ser tan sólo una. Es como aprender a andar de nuevo. Tropiezo a veces, otras contemplo con orgullo mi reflejo erguido en el espejo. Sonrío casi siempre. También lloro. No es fácil, pero sé que puedo conseguirlo. A fin de cuentas, el único infinito que queda en mi vida soy yo.


Y, aún así, me quito el abrigo...




Desde aquí, desde mi casa, veo la playa vacía. Ya lo estaba hace unos días, ahora está llena de lluvia y tú ahí sigues sin paraguas, sin tu ropa, paseando... como una tarde de julio pero con frío y tronando. ¿Se puede saber qué esperas? ¿Que te mire y que te seque? ¿Que te vea y que me quede tomando la luna juntos? La luna, tú y yo expectantes a que pase algún cometa o baje un platillo volante 

Y la playa llora y llora y desde mi casa grito que aunque pienso en abrazarte, que aunque pienso en ir contigo, el doctor me recomienda que no me quite mi abrigo, que no esté ya más contigo...  y yo no puedo negarme pues el tipo soy yo mismo, estudié mientras dormías y aún repaso las lecciones, una a una, cada día... 

Yo no puedo aconsejarte, ya es muy duro lo que llevo... dejemos que corra el aire y digámonos adiós.
Aunque siga suspirando por algo que no era cierto, me lo dicen en los bares, es algo que llevas dentro... que no dejas que te quieran, sólo quieres que te abracen y publicas que no tuve ni valor para quedarme. Yo rompí todas tus fotos, tú no dejas de llamarme... ¿quién no tiene valor para marcharse?¿Quién prefiere quedarse y aguantar? Marcharse y aguantar...

Conversaciones




-La gente nunca dice lo que realmente quiere, por eso es todo tan complicado.
-No lo dicen porque, primero, tendrían que reconocer ellos mismos que lo quieren. Esa es la parte más difícil.
-Y luego está el rechazo. Nadie soporta el rechazo. Perdemos tanto tiempo buscando la aceptación de los demás, que nos olvidamos de aceptarnos a nosotros mismos. Por eso somos infelices, porque dejamos escapar oportunidades continuamente por miedo. 
-A veces me gustaría poder leer la mente de las personas. Todo sería mucho más fácil si conocieras a alguien y pudieses entrar en su cabeza, saber como se siente en todo momento.
-No es necesario complicarse tanto. En el fondo, no es tan imposible.
-¿Qué propondrías tú?
-Sinceridad. La verdad por delante. Conocer a alguien y decirle "te quiero sin ropa en mi cama, sólo esta noche". 
-Pedirle a alguien una segunda cita antes de que termine la primera. Sin intrigas. Sin mirar la pantalla cada cinco minutos esperando a que escriba y sin redactar mil mensajes que nunca envías por miedo a que sea demasiado pronto. 
-O decirle sin rodeos "puedo imaginar perfectamente el resto de mi vida contigo".
-Saldría corriendo.
-O no.

Eres (soy)

Verás, nunca nos habían presentado. Eres yo, o yo soy tú. Como prefieras. Nos hemos visto antes, seguro que lo recuerdas. En el espejo cada mañana. En fotografías. En algún que otro reflejo inesperado. En las retinas de la gente.

Nunca nos habíamos detenido a conocernos. Ya ves, toda la vida juntas, se daba por sentado. Pero ahora entiendo que no. Que no es tan sencillo, verás, hace falta tiempo. Que no eres solo piscis, doce de marzo, mil novecientos ochenta y cinco. Que no eres solo el cinco tres cinco seis o el seis siete. Ni la letra Q o un A+. Ni ciento setenta y cuatro centímetros. Ni el nombre que sigue a la arroba, ni tu alergia a los gatos, ni tu frigorífico vacío o tu reciente adicción a la piña. Bien, todo eso forma parte de ti, sí... pero no eres tú. Tú eres más que la suma de tus partes. Eres, también, la forma en que otros te ven. Y la forma en que tú lo interpretas. Eres cada palabra que dices pero también eres cada silencio. Cada parpadeo al pasar de página. Cada mirada perdida. Cada frase de esa canción que cantas a voces mientras conduces hasta que alguna mirada ajena te hace sonrojar. Eres todo lo que has dejado a medias, pero también lo que has concluido. Tus errores y tus aciertos. Los lugares que has pisado y todos con los que aún sueñas. Eres una frase con acento extranjero y una llamada de skype cruzando el charco. Tu aversión a los finales y tu inseguridad con los principios. Las fotos que quitaste de las paredes y las frases que escribiste en ellas. Cada una de las palabras que hay en tus zapatos verdes. Y ese amanecer, sí, definitivamente eres ese amanecer. Pero también fuiste todos aquellos atardeceres.

Sé que ahora mismo todo esto te parece raro. A mi también me pasa. A veces siento como si todo fueran primeras veces. Como si todo hubiera empezado de cero y yo tuviera la necesidad de aprender a andar sin caerme al suelo. Pero te caerás, es lo único que te aseguro. También te prometo que siempre encontrarás una mano a tu lado, dispuesta a ayudarte a levantarte. Y, si no está ahí, busca con la mirada un espejo. Comprenderás que tu mejor aliada eres tú misma. Y sonreirás, por supuesto, porque nada te gusta más que una buena sonrisa.

Puntos



Nunca me han gustado los finales. Tengo la impresión de que cada punto final sella una historia de manera definitiva y la idea me aterra. Si he de ser sincera, creo que solo hay una cosa peor que un punto final: tres.

Los puntos finales no se disfrazan. Duelen, pero su dolor es honesto. Directo. Ellos no engañan: son definitivos y crueles. Se te agarran al pecho como sanguijuelas y absorben tus ganas con fuerza, hasta vaciarte. Son irreversibles porque, tras ellos, ya no hay más historia que contar. Solo te queda saltar hacia el vacío de la hoja en blanco, cruzando los dedos para que, con suerte, termines cayendo sobre el principio de alguna otra historia. Y, aunque mientras caes es inevitable sentir vértigo, lo cierto es que siempre acabas aterrizando. Porque los puntos finales no te dejan caer, te empujan. Y es en parte esa inercia la que te ayuda a cambiar de página.

De los puntos suspensivos, sin embargo, nunca sabes que esperar pero, aún así, esperas. Te agarras a ellos con fuerza mientras el resto de tu cuerpo se asoma al vacío. Quieres saber qué vendrá luego, pero no puedes mirar hacia abajo porque el vértigo te haría caer. Así que lees y relees las últimas líneas de la historia que ya has vivido, hasta donde te alcanza la vista, tratando de averiguar cómo continuará todo. Y mientras tanto, el esfuerzo te va desgastando hasta agotarte. No, los puntos suspensivos no son definitivos, pero son esperanzadores. Y, a veces, la esperanza puede ser más amarga que el olvido.  

Refugio

Era redonda, de cristal. Se apoyaba sobre una pequeña base metálica para mantener el equilibrio. En su inerior un paisaje nevado. Dos muñequitos de plástico se besaban en el centro. Y, cuando la agitabas, toda la bola parecía llenarse de nieve.

Reposaba en una de las estanterías del salón. Observando cada instante de su vida, en silencio. A veces, cuando todo salía mal, se tumbaba en el sofá con la bola de nieve en su regazo y la agitaba hasta que quedarse dormida. Le gustaba imaginarse que estaba en su interior, disfrutando del paisaje nevado, protagonista de aquel beso perfecto... Y parecía suficiente.

Hasta que no lo fue. Hubo un día especialmente malo. Varios días, tal vez. Días en los que ella podía sentir como el aire se quedaba atascado en sus pulmones y hasta tumbarse en el sofá dolía. Días en loos que hasta sus brazos se quedaron sin fuerzas para agitar la bola de nieve. Y la necesidad de huir era cada vez mayor. Necesitaba volver a su refugio blanco. Pero nada bastaba, nada parecía suficiente.

Entonces ocurrió. Fue como un fogonazo, como un deseo cumplido. Cuando abrió los ojos, estaba dentro de la bola de nieve. Allí de pie, en medio del paisaje nevado. Sobre la estantería. Pero nada era como había creído que sería, La nieve, vista de cerca, no era más que pintura blanca. La pareja no se besaba, solo juntaban sus labios inertes. Y el cristal, el cristal era lo peor de todo. Convertía aquel refugio seguro en una cárcel. La dejaba sin oxígeno.

Asustada, lo golpeó con fuerza para intentar de salir de allí. Una y otra vez hasta que la bola acabó por caer al suelo. El que había sido su refugio durante todos aquellos años acabó así, hecho añicos sobre la alfombra del salón. Solo entonces comprendió que, en realidad, aquello nunca había sido más que una bola de nieve más. Y sonrió.