Infinito

Y nos quedamos, de algún modo, en aquel candado que prendimos del puente de Brooklyn. Para siempre, dijimos. Pero los infinitos no se construyen con tinta sobre la piel. Ni se cierran con llave.

Resulta que también había un final para nosotros. Estiramos tanto aquel infinito que nos quedamos en nada. Y en nada, dos ceros ajenos, nos convertimos. 

Se me hace raro, ahora que te has ido, sentir que todos los recuerdos que creamos juntos están tan rotos como nosotros. Como si fueran menos reales ahora que ya no existimos. Se desdibujan los paisajes y se van perdiendo los detalles, como si se colaran por el desagüe de mi memoria. 

No sé cómo entenderme sin ti. Aún estoy aprendiendo a interpretarme. Tanto tiempo siendo dos, que al final me olvidé de cómo ser tan sólo una. Es como aprender a andar de nuevo. Tropiezo a veces, otras contemplo con orgullo mi reflejo erguido en el espejo. Sonrío casi siempre. También lloro. No es fácil, pero sé que puedo conseguirlo. A fin de cuentas, el único infinito que queda en mi vida soy yo.


3 comentarios:

Amanda dijo...

Lo malo de los recuerdos es que a veces convierten en símbolos las cosas más comunes y uno vive constantemente asediado por lo que trata de olvidar :)
Un placer leerte.
Un abrazo!

B. dijo...

Di que sí.

algú dijo...

Te leo a ti, encontrándome a mi.