La huelga de las palabras


Hartas de ser manipuladas, las palabras decidieron ponerse en huelga. Desaparecieron, de la noche a la mañana, de periódicos y revistas. Los titulares de aquel miércoles, completamente en blanco, encuadraban fotografías carentes de significado sin su correspondiente pie de página.

Sin embargo, nadie pudo comentar aquel inusual suceso pues las palabras habían desaparecido también de sus gargantas. Los labios se movían, sí, pero en su ritmo frenético y desesperado apenas lograban transmitir más que un poco de aire y, finalmente, un silencio resignado y hueco.

Gobierno y periodistas se enfrentaban cara a cara en una rueda de prensa muda, en la que ni hubo explicaciones ni preguntas. Unos más acostumbrados que otros a trabajar sin palabras, se miraron durante un incómodo y prolongado instante tratando de descifrar si existía una explicación para todo aquello. Pero poco podían encontrar, pues nadie tenía la respuesta.

El mundo se fue quedando, poco a poco, callado. Se borraron también los libros y no fueron pocos los que aparecieron sepultados bajo los gruesos ejemplares que conformaban su biblioteca, ahora formada por libros de ostentosas cubiertas sin título, autor o contenido alguno.

Muchos buscaron consuelo en las imágenes que la televisión emitía, sin orden ni sentido alguno pues la programación también se había evaporado. Se sentaban en torno a ella, como si de algún modo se sintieran más humanos por el simple hecho de estar observando algo que alguien había puesto ahí para ellos. Como si tras aquellas imágenes aleatorias se escondiera la respuesta a la repentina desaparición de las palabras.

Los primeros días de caos y desconcierto dieron paso a un periodo de resignación. La mayoría aceptó la nueva situación como la única posible y comenzaron a buscar otras vías de entendimiento. Cobraron especial importancia los abrazos, las caricias, las sonrisas y los besos.

Lo que no era fácil, lo que no era ni siquiera posible era mentir. Las fotografías y vídeos que de los miembros del Gobierno circulaban, mostraban sin lugar a dudas su ignorancia. Era evidente que ni sabían qué sucedía ni tenían la solución al problema. Bastaba ver sus miradas de impotencia tras cada amanecer sin palabras.

Un día, tal como se habían ido, las palabras volvieron. Anunciaron su regreso en cada portada, en cada cartel, en cada papel que encontraron a su paso. Decían que daban la lección por aprendida y que regresaban con la esperanza de que se comprendiera cual era su cometido. Volvían con ganas de comunicar e informar, con ganas de contar historias viejas y escribir otras nuevas. La gente las recibió con algarabía. Se llenaron las calles de palabras, de gritos de júbilo, de alegría.

Aquella misma tarde, el Gobierno dio una rueda de prensa. Dijeron que la huelga de las palabras había sido un fracaso. Que gracias a su ausencia, había quedado probado que les era absolutamente posible comunicarnos sin ellas y que, por tanto, su poder sobre ellos había quedado expuesto. Aseguraron, además, que existían demasiadas palabras y que, con idea de agilizar el lenguaje, habían decidido reducirlas en un 60% para hacer la comunicación más eficiente. Redactarían una nueva ley, dijeron, que prohibiría utilizar sinónimos y que cambiaría los antónimos por el prefijo "no". Todo sería mejor, prometieron, cuando las palabras quedasen reducida a la mínima expresión.

Pero se olvidaron de un detalle. No recordaron que el poder que ostentaban dependía únicamente de las palabras. De los nombres que aparecían en aquellas papeletas que cada cuatro años los ciudadanos introducían en las urnas. Lo pasaron por alto y, por ello, cuando llegaron las elecciones y descubrieron asombrados que sus nombres habían desaparecido de todas y cada una de aquellas papeletas no supieron qué decir. Se quedaron mudos, sin palabras. Y, aunque se recuperaron adjetivos y sinónimos suficientes para hablar de ellos, lo cierto es que nunca se les volvió a nombrar. Fueron desterrados al olvido más absoluto y las palabras continuaron, como habían hecho siempre, escribiendo la Historia.














5 comentarios:

Carlos dijo...

Genial una vez mas Sara

Al principio amenazaban al pueblo los que oraban, declarados por ellos mismos poseedores de la palabra que usaban desde el Palabropúlpito. Con el tiempo el poder harto de orar se pasó a la oratoria y cambió el hábito de los que oraban por el de las promesas. Eso sí, también investídos a si mismos como poseedores de la palabra, que usaban en el Palabramento.
Y ambos preocupados solo en perpetuarse en el poder, se olvidaron de otro poder, del de la palabra.

Pero tú no te has olvidado de el, y sobre todo nunca te olvidaste de ellas, de las palabras. Y cuando escribes no solo se sienten libres, sino que reclaman libertad!

La vecina del ártico dijo...

Sin palabras me has dejado.

La vecina del ártico dijo...

La que se ha quedado sin palabras soy yo...

Pedalier dijo...

Podremos vivir sin muchas otras cosas, pero no sin palabras. Son nuestra válvula de escape, nuestra forma que el resto del Mundo vea cómo somos y nuestra oportunidad para conocer el entorno que nos rodea.

Los 5 años que pasamos sin saber leer ni escribir son una pérdida de tiempo en nuestra vida.

Nos leemos.

patri dijo...

Sencillamente genial. Además muy apropiado para los tiempos que vivimos.Borraría todos los nombres de las papeletas políticas....