Y comieron perdices

Lo primero que tenéis que saber de mí es que soy una bruja. Una bruja de las de verdad, de esas que visten de negro y lanzan hechizos a diestro y siniestro. No una bruja de esas edulcoradas de Disney que protagonizan musicales y, al final, deshacen el hechizo para que el príncipe y la plebeya puedan estar juntos e hincharse a perdices. Yo soy una bruja mala, sin verruga ni pelo verde, pero malísima.

Eso, además, es lo segundo que tenéis que saber sobre mí. Soy mala en todos los aspectos. No es solo que me dedique a lanzar terribles hechizos que convierten príncipes en sapos o le roban la voz a inocentes sirenas con demasiada curiosidad. No, no solo soy malvada. También soy mala, es decir, me equivoco con frecuencia.

El otro día tenía que hacer algo bastante sencillo. Me habían encargado convertir a un millonario engreído en una horrible bestia. Era un conjuro de libro, de esos que se rompen con amor verdadero. De primero de brujería, vamos. Decidí lanzar el hechizo sobre una flor, pero como no me quedaban rosas, cogí una amapola que me encontré de camino. Según mis apuntes, la flor marcaba el tiempo de duración del hechizo. Era muy fácil, de verdad: cuando cayera el último pétalo, se acababa el plazo. Si nuestro amigo el millonario había encontrado a la chica (o chico, soy una bruja de mente abierta), recuperaría su aspecto anterior. En caso contrario sería una bestia para siempre. Total, que allí estaba yo con mi amapola, esperando a que el tipo empezase a mutar de forma cuando me di cuenta de que, lo único que sucedía, es que le empezó a crecer una barba terriblemente densa. De los nervios, la amapola se me cayó al suelo y como es una flor tan poco consistente, perdió todos los pétalos. Como era de esperar, él se puso a gritar “bruja, bruja” y a correr por toda la casa en busca de una maquinilla de afeitar. Al final ni bestia ni amor verdadero ni nada. Lo único que conseguí fue que la barba volviese a poner de moda. Las revistas lo llamaron el efecto Papá Noel y durante casi una semana fue lo más de lo más en Manhattan.

Eso quizás sea la tercera cosa que tenéis que saber sobre mí: vivo en Manhattan. Mi sueldo de bruja no da para mucho, así que además trabajo a media jornada como camarera en Starbucks. Me gusta practicar brebajes con los clientes desagradables. Lucy, mi compañera, escupe en sus cafés. Yo les preparo alguna pócima para que se les caiga el pelo o les salga un grano en la punta de la nariz. Los resultados no siempre son predecibles pero no me importa. Una vez, un tipo que me llamó “zorra estúpida” salió de allí con el pelo verde y un grano del tamaño de una pelota de béisbol en la frente. No volvimos a verle, por supuesto.

Y eso nos lleva, por fin, a la cuarta y última cosa que tenéis que saber sobre mí: estoy soltera. Ser una bruja algo torpe y además soltera en Manhattan es prácticamente lo peor que te puede pasar en la vida. En serio, es casi peor que lo del pelo verde.
Cuando consigo tener una cita con un hombre no puedo evitar que se me escape algún hechizo y el tipo salga corriendo como alma que lleva el diablo. Si vamos a un restaurante, provoco un tsunami en la sopa o hago que el pato a la naranja se ponga a bailar sobre la mesa. Si estamos en el cine puedo conseguir cosas mejores, como que las palomitas se conviertan en palomas de verdad o que el de la butaca de delante se convierta en sapo. Lo peor es, sin duda, cuando me invitan a tomar una copa en su casa. La última vez el tipo se pasó de listo y le lancé un hechizo Rapunzel. Por lo que sé, se está dejando crecer el pelo desde entonces (y vive en un ático).

Por este motivo, aunque ella no lo sabe, Lucy me apuntó a una página de citas por Internet. Ella cree que soy una tímida incurable que siempre dice alguna tontería que estropea las citas, pero ni se imagina que en realidad, el gato de mi último ligue es ahora un enorme dragón de dos cabezas.

Una vez explicado todo esto entenderéis porqué, cuando esta mañana he recibido el telegrama del comité de brujas (si, usan telegrama, son así de vagas) y he visto quién era mi próxima víctima casi me caigo de espaldas.

La víctima en cuestión es Josh. Conocí a Josh hace seis semanas y, desde entonces, nos hemos estado escribiendo prácticamente a diario. También hemos hablado por teléfono y nos hemos visto en la webcam. Josh es un tipo estupendo que cree que yo me encuentro de cuarentena en casa por una alarma de virus en mi edificio. El motivo por el cual no sospecha de mi coartada es que Josh es de Queens y allí la mayoría de las personas piensan que en Manhattan todo es posible.

Josh es veterinario (tiemblo solo de pensar cuántos de sus pacientes serán “ex – pacientes” míos) y vive solo en una preciosa casita de dos plantas. Tiene una peligrosa cantidad de perros y gatos que me roban cualquier posibilidad de conocer a Josh en persona. Los animales tienen una extraña propensión a ser víctimas de mis peores hechizos.

Hablando de hechizos, el que supuestamente tengo que lanzarle a Josh es un hechizo Bella Durmiente. Al parecer, alguno de sus enemigos está muy bien relacionado, porque no es sencillo involucrar a las brujas en este tipo de asuntos. Lamentablemente, a mí no me facilitan información sobre el contratista, solo sobre el contrato. Y este contrato dice que tengo que dejar a Josh bien dormidito durante veinte años (vosotros lo soléis confundir con un coma profundo, pero no siempre lo es).

La parte positiva del asunto es que soy infalible lanzando este tipo de hechizos. Es el único que me sale completamente bien. Bueno, a veces me hago un lío con la duración y dejo a la gente más o menos tiempo de previsto dormida, pero normalmente no suelo fallar. La parte negativa es que, si no lo hago, me revocarán mi licencia de bruja y le pasarán la tarea a otra que no tendrá ningún reparo en dejar a Josh durmiendo y a mí suplicando por una ampliación de jornada en Starbucks.

- Tienes que conocerle tú primero – es el consejo de Lucy.

Obviamente, me he saltado toda la parte de la brujería al contarle la historia. Realmente lo único que ella sabe es que los de la página de citas me han ofrecido una cita real con Josh y, si yo la rechazo, se la pasarán a otra.

- Es evidente que os gustáis – prosigue – si no, no llevaríais tanto tiempo haciendo el idiota. Deja de ser tan cobarde y queda con él. Ya te conoce lo suficiente como para no asustarse si dices alguna tontería.
- Pero es que mis “tonterías” asustan – respondo – y mucho.
- La clave de una relación es la sinceridad – sentencia Lucy – si no estás dispuesta a ser sincera con él, entonces déjaselo a otra.

El consejo de Lucy se enciende como una bombilla en mi cabeza. Sinceridad, eso es. Todo lo que tengo que hacer es ser sincera con Josh. Si me cree y está dispuesto a colaborar, seremos felices para siempre. Si no me cree… bueno, entonces creo será mejor que se quede bien dormido. No me gustaría terminar en la hoguera, como mis antepasadas.

Estoy en casa de Josh, muerta de cansancio. Me he tomado cuatro tilas para intentar controlar los nervios, pero creo que me he pasado con la cantidad. Al menos así no podré lanzar ningún hechizo accidental, necesito estar en plena forma para hacerlo.
Josh me ha abierto la puerta con una enorme sonrisa en los labios. Lleva una camisa blanca y unos vaqueros, es todo muy informal. Cuando le llamé y le dije que iba a verle se quedó algo pasmado, así que le dije que no se trataba de una cita, solo de una visita rápida para hablar con él en persona de un asunto. Se lo debió tomar literalmente, porque ni siquiera me ha ofrecido una bebida. Después de las presentaciones y cuatro frases de cortesía, estamos totalmente callados. Yo analizo el salón con disimulo mientras rezo para que el hechizo de sellado que he lanzado al entrar mantenga a las mascotas de Josh fuera de mi radio de acción.

- Bien – Josh rompe el silencio – tu dirás.
- Sé que mi visita te ha sorprendido – me lanzo – No quería que nuestro primer encuentro fuese así, pero no me ha quedado más remedio.
- También me ha agradado – responde – Estaba deseando verte en persona. Apenas nos conocemos desde hace unas semanas, pero siento que te conozco de toda la vida. Creo que lo sé todo sobre ti.
- Ese es el problema, Josh – mierda, no me esperaba una confesión así – que no sabes lo más importante.
- ¿Qué es? ¿Me vas a confesar que lo de la cuarentena era mentira? – sonríe con malicia – Ya lo sabía, no soy idiota. Era una excusa mala pero original. Además creo que nos ha venido bien para conocernos. Me gustas mucho, ¿sabes?
- No, no es eso, aunque es cierto – Vale, no lo aguanto más, me lanzo de cabeza a la piscina – Soy una bruja, Josh.
- ¿Una qué?
- Una bruja – prosigo – una bruja que lanza hechizos a las personas por encargo. Hechizos malignos. Convierto a la gente en rana y cosas así.
- No entiendo nada – parece contrariado.
- No tengo tiempo de esperar a que me creas – no sé que reacción estaba esperando – Hoy a medianoche termina el plazo para cumplir con mi contrato. Me han encargado dormirte durante veinte años, Josh.
- ¡Anna Marie! – exclama.
- ¿Anna Marie? – eso sí que no me lo esperaba.
- Es mi ex mujer – saca una foto de un cajón y me la enseña – era muy aficionada a todas esas cosas de la magia. Siempre estaba diciendo que las brujas existían, pero creía que estaba loca. Nos divorciamos hace tres años y desde entonces estamos luchando por la custodia de nuestro hijo. – deduzco que es el niño que sale en la foto junto a su ex, bastante fea por cierto – Mi abogado dice que tengo muchas posibilidades de ganar porque ella ha tenido ciertos problemas con las drogas últimamente.
- Ahora entiendo porqué te quiere quitar del medio - le devuelvo la foto – No quiero hacerlo, Josh, pero no puedo negarme. Si no lo hago yo lo hará otra.
- ¿Hay más? – parece sorprendido.
- Hay muchas, claro – me halaga que creyese que soy la única – El negocio de la magia es bastante lucrativo para quienes lo regentan, aunque no es perfecto.
- ¿Cómo que no es perfecto?
- Verás, el hechizo Bella Durmiente tiene una cláusula – el nombre le resulta divertido (y no me extraña) – bueno, la mayoría de los hechizos la tienen.
- ¿Qué cláusula?
- La magia no puede con el amor verdadero – recito de memoria la regla número uno de las brujas.
- ¿Es ese rollo del príncipe que besa a la princesa para que despierte?
- Es algo así – cuánto daño ha hecho Disney a la magia – pero algo más complicado. Cualquier hechizo tiene una duración mínima de un año, es imposible romperlo antes de ese periodo de tiempo.
- Es decir, que tendría que pasarme un año entero dormido antes de que pudieras despertarme – contesta resignado.
- Y aún así no sé si podría hacerlo – me sonrojo – no sé si estamos realmente enamorados.
- ¿Qué otra opción tengo? – duda.
- Ninguna – confieso- si no lo hago yo, lo hará otra y te aseguro que no le costará nada sentenciarte a dormir los veinte años que tu ex ha contratado.
- Entonces tendremos que arriesgarnos.


***************** Un año más tarde ************************


Estoy de los nervios. La habitación de Josh está en la cuarta planta y, solo de camino, he lanzado dos hechizos sin querer. El primero le ha acortado la falda a todas las enfermeras de la primera planta (lo cual creo que ha sido muy bien recibido por los enfermos) y el segundo le ha puesto unas alas diminutas a un tipo que iba en silla de ruedas. No ha sido del todo malo dado mi estado.

Durante este año he conseguido controlar mucho mis poderes. Ahora mis granos son de tamaño normal y, además, he perfeccionado un brebaje que rompe los tacones de las ejecutivas bordes que vienen a por su café cada mañana. Louboutin va a tenerle que poner mi nombre a unos zapatos si quiere que pare.

Cuando llego a la habitación de Josh, la enfermera me saluda y me deja a solas con él. Llevo un año viniendo a diario a verle, así que ya me conocen en toda la planta. Me llaman la chica de las amapolas (he encontrado una utilidad genial para la flor, las he convertido en una especie de cámara espía que me mantienen al corriente de todo lo que sucede en la habitación de Josh). Hoy es el gran día y por eso estoy muerta de miedo. Si no estamos enamorados, Josh no despertará hasta dentro de diecinueve años y, sinceramente, me cuesta creer que pueda estar enamorado de mí después de todo lo que le conté. Nadie puede querer a una bruja maligna.

Me cuesta un poco, pero por fin me decido. Me inclino sobre la cara de Josh y le beso en la mejilla. Nada. Pruebo en los labios. Nada. La frente tampoco funciona. Lo intento en los labios un par de veces más pero no hay manera. No funciona, ¿cómo iba a hacerlo? Nadie se enamorará jamás de mí. Soy una bruja estúpida y patosa a la que nadie quiere. Las lágrimas empiezan a brotar a borbotones de mis ojos. Suelto la mano de Josh y me incorporo. Tengo que salir del hospital antes de que mis emociones empiecen a lanzar hechizos contra los inocentes pacientes.

- ¿Ya te vas? – la voz de Josh, adormilada, irrumpe a mis espaldas.
- ¡Josh! – grito emocionada - ¡Has despertado!
- Pues claro que sí, brujita – sonríe – me he pasado un año soñando contigo.
- Tengo la impresión de que vamos a ser felices para siempre – digo después de un largo y apasionado beso- en el menú del hospital hoy hay perdiz asada.

5 comentarios:

aprendiz de brujo dijo...

muy bonito cuento de bruja. o sea que bruja mala,eh??
Tienes más??? ... me gustaba tanto embrujada...y,¿de alguna bruja buena? esos me gustan más.

esto lo escribió un duende en uno de los cuadernos del viajero.

Salud

Clow Ceridwen dijo...

jajaajajaja me encanta!

lo de la perdiz asada a sido un puntazo =)

Carlos dijo...

El texto puede ser año de extensión, pero debe ser algun hechizo porque se lee en un momento :)

Maravilloso cuento, y lo de Disney genial!

Un abrazo!

Ausencia Silenciosa dijo...

Jajaja!! Me encantó especialmente la última frase :D muy muy buen relato!

Nuncajamás dijo...

¡Qué bueno! ¡Qué rabia que en el reto no llegases a tiempo y que no se permitiera un relato tan largo, porque a mí me has enamorado con esta divertida historia.

Voy a dar el paso y besar a mi "sapito" favorito a ver si hay suerte. ;)