Frida

El azul del mar de Tasmania me recordaba a los ojos de Frida. Habíamos huido a Australia en busca de una oportunidad, aunque entonces no lo entendí. Era otoño de 1939 y yo tenía catorce años recién cumplidos cuando el señor Heitmann, el padre de Frida, ayudó a mi familia a salir del país. Un primo suyo, comerciante, nos introdujo en una enorme caja de madera y nos sacó de Holanda como si fuésemos mercancía. Los judíos no tenían ninguna oportunidad en Europa desde que la guerra había estallado y, aunque mi padre era un hombre rico y respetado, todos sabíamos que nuestro dinero judío solo retrasaría la captura. El Führer era implacable.


Mi padre era propietario de una fábrica de muebles en Ámsterdam y el señor Heitmann era su socio. Había arriesgado su vida y la de su familia ayudándonos a huir, por eso, mi padre dijo que lo más correcto sería devolverles el favor. No habría ninguna carta ni ningún intento de contacto por nuestra parte. La familia Heitmann jamás sabría dónde nos habíamos marchado. Aquella era la única forma de protegerles que poseíamos y todos lo respetábamos.

Sin embargo, pese a estar a más de dieciséis mil kilómetros (lo había mirado en la vieja bola del mundo que mi padre me compró por mi primer cumpleaños en Canberra), yo seguía pensando en Frida.

Habíamos crecido juntos. Frida, al igual que yo, no tenía hermanos. Su madre lo había intentado durante años pero, tras nacer Frida, su cuerpo se había vuelto incapaz de engendrar hijos. Yo, en cambio, había tenido un hermano al que ni siquiera llegué a conocer ya que murió dos días después del parto. Mi madre nunca quiso volver a intentarlo. Se trasladó al cuarto de invitados para no tener que dormir en la cama dónde había visto nacer y morir a su hijo y no volvió a mencionar el tema.. Solo a veces, cuando creía que nadie la escuchaba, repetía su nombre en voz baja como si le cantase una nana. Estoy convencido de que, si a mi madre le dolió abandonar Holanda, fue por tener que alejarse de su pequeña tumba.

Frida lo era todo para mí. Íbamos juntos al colegio y también jugábamos después de clase. Era rubia, pálida como el marfil y con los ojos de un azul tan claro que parecían tener el cielo dentro. Siempre tenía los labios rojos y las mejillas rosadas por el frío. Solo tengo que cerrar los ojos para recordar a la perfección su rostro. La sonrisa de Frida podía derretir el hielo que cubría los canales holandeses en invierno.

Yo estaba enamorado de ella, aunque entonces no lo sabía. Era mi amiga, mi compañera, mi alma gemela… Frida era una extensión de mi mismo y no había nada en el mundo que yo adorase más que estar con ella. Por eso, cuando en el colegio nos obligaron a estar en clases separadas, la vida de volvió gris para mí. Después de aquello las cosas fueron empeorando. A los judíos se nos impuso el toque de queda y las tardes dejaron de tener sentido encerrado entre las cuatro paredes de mi habitación. Mi padre sugirió que quizás sería buena idea que Frida y yo no nos dejásemos ver juntos en público para evitar que ella también fuese perseguida por simpatizar con los judíos. Después se llevaron mi bicicleta y, con ella, los paseos de los domingos con Frida. Dijeron que los judíos no teníamos derecho a poseer cosas. Éramos menos que animales entonces.

Luego estalló la guerra y la situación se volvió insoportable. Algunas noches escuchaba las bombas caer a lo lejos y no podía evitar pensar si alguna de ellas habría alcanzado a Frida. Dejé de ir al colegio y cada vez salíamos menos de casa. El toque de queda era a las ocho, pero los soldados empezaban a patrullar las calles mucho antes. Teníamos miedo de que alguno nos arrestase. El señor Heitmann nos traía comida a casa y, de vez en cuando, venían a visitarnos. Frida y su madre venían con él pero ya no era lo mismo de antes. Aquellos encuentros estaban marcados por la tristeza y el miedo de la guerra.

La última vez que vi a Frida yo no sabía que no volvería a verla. Supe después que, aquella noche, su padre y el mío habían ultimado los detalles de nuestra huida. Frida me hablaba del colegio y de lo mucho que odiaba todo lo que ahora enseñaban allí.

- Odio y más odio - decía.- Es todo lo que nos inculcan. Todos los profesores tienen miedo de no mostrarse lo suficientemente leales al Führer. Ya ni siquiera leemos libros, solo el Mein Kampf.

Yo intentaba prestar atención, pero todo lo que podía ver era el rojo de sus labios moviéndose rítmicamente. El poder de atracción era tal que no pude evitar besarla. Ella se ruborizó y me dio una bofetada.

- No es correcto, Judah.- me dijo – Una señorita respetable no debería intimar con un joven de esta manera.

Frida había empezado a usar aquel año medias de nylon y faldas por la rodilla que su tío le traía desde Estados unidos y se creía muy adulta y sofisticada llevándolas. Aquel día, además, había peinado su cabello con tenacillas obteniendo un aspecto muy serio. Atrás quedaban los calcetines altos y las faldas tableadas que solía llevar al colegio, Frida se había convertido en toda una mujer sin que yo me diera cuenta.

- Frida, soy yo. – reí – Conmigo no tienes que guardar las apariencias.

- Ahora soy una mujer – se puso en pie – No podemos seguir jugando como dos críos. Dentro de poco me casaré y tendré hijos.

La simple idea de imaginar a Frida casada con otro dolía terriblemente. Solo imaginar que otro podría besar sus rojos labios me hacía enfurecer. No pude evitar imaginarla junto a mí, vestida de blanco y sonriente. La idea me reconfortó de tal manera, que las palabras salieron solas.

- ¿Te casarás conmigo, Frida? – me lancé.

- ¿Ahora?

- Cuando acabe la guerra – sugerí – Vendré a buscarte y nos casaremos. Di que sí, promete que me esperarás.

- Te esperaré – cedió finalmente – Lo prometo.

Entonces volvimos a besarnos, esta vez sin tortazos. Fui a la habitación de mi madre y cogí su viejo guardapelo. Mi padre se lo había regalado cuando se quedó embarazada por segunda vez para que pudiese llevar una foto mía y de mi hermano, pero después de la muerte del bebé, ella fue incapaz de usarlo. En su interior solo estaba mi fotografía, un crío de doce años sonriente y despreocupado que, a partir de aquel momento, dormiría junto al corazón de Frida.

- Guárdalo – le dije – Como símbolo de mi amor por ti.

Cuando acabó la guerra no pude volver a Europa. La nueva documentación para los judíos exiliados durante el exterminio llevó mucho tiempo y, mientras tanto, en Europa todo cambiaba. Ciudades enteras habían quedado arrasadas por la guerra y muchas familias tuvieron que empezar de nuevo. Cuando por fin conseguí regresar a Ámsterdam, en 1949, la vieja fábrica de mi padre había desaparecido. De la casa de Frida apenas quedaban algunos escombros y, del que fue mi hogar, ni siquiera hallé cenizas. Me contaron que al poco de marcharnos, alguien les delató y tuvieron que huir de la ciudad. No habían vuelto a saber de ellos.

Pasé ocho años recorriendo Europa en su busca sin éxito. Gasté tiempo y dinero en aquella empresa y, al final, no tuve más remedio que aceptar que había perdido. Derrotado y perdido regresé a Australia con mi familia, donde no tardé en encontrar trabajo en una fábrica de conservas. Era primavera de 1957 y yo ya tenía 32 años. Mi madre estaba terriblemente disgustada por mi soltería, así que me casé aquel mismo otoño con Mary O’Conell, una emigrante irlandesa de 25 años que trabajaba como secretaría en mi fábrica y con la que llevaba unos meses saliendo. Nada más casarnos, Mary se quedó embarazada y nos trasladamos a un pueblecito a las afueras de Sydney. Nueve meses más tarde nació mi primera hija. Después vinieron Elisabeth y James. Al final conseguí ser feliz sin Frida, aunque no logré olvidarla

6 comentarios:

Dara Scully dijo...

¿Y qué fue de ella?
(sería genial que lo contaras)



pd: me habría gustado tocar despacio los mofletes rojos de frío de Frida.

Pedalier dijo...

Toda esta historia me ha recordado, en parte, a la de Ana Frank.

Espero que a Frida no le aguardase el mismo final que a ella.

Nos leemos.

AdR dijo...

Qué maravilla. Creo que con esto te digo todo.

Sigue novelando, querida.

Besos.

Carlos dijo...

Magnífico relato, y además es que lo es :)

Comparto con Pedalier tal recuerdo y es inevitable que la sombra de Ana Frank aparezca por el horizonte de aquella Amsterdam de la guerra, pero creo que son como planos distintos que coinciden en una época y en los trágicos sucesos que acontecían en ella, porque no es Frida quien me acerca a Ana sino el narrador, es él quien ha de esconderse y en algún momento del relato creo que nos da la pista de que Frida no fuese judía mas tal hecho nunca le importó ni fue obstáculo para ella.
Quien narra consiguió sobrevivir ¿Y Frida? Ojalá también, su promesa hizo posible que alguien luchara por hacerlo, le dio sentido a su vida.

Un abrazo!

la chica de los lacasitos dijo...

coincido con la Dara, me gustaría saber más de Frida.

(con tus textos siempre hay ganas de más)

guapa bonita.

Lesly Andunce Low dijo...

Yo leí Ana Frank cuando era una chiquilla.

Con este relato ambientado en la misma época,conseguiste volverme la curiocidad de chiquilla. Lei todo con mucha esperanza.

Tienes un maravilloso talento que transporta.