Serial Killer

Verlos sufrir era mi único aliciente. A veces me sentaba durante horas en la ventana, con una taza de café frío en las manos y la cabeza apoyada en el cristal. Me quedaba allí a oscuras, con el visillo echado y la mirada perdida en el infinito de sus hogares, esperando que regresase el llanto o que alguno perdiese los nervios y rompiese un jarrón o un cuadro. Aquel era mi mayor desahogo. Su desgracia me hacía sentir menos desdichado, más humano. Cada lágrima ajena era la prueba de que yo no estaba solo. Saber que a escasos metros de mi ventana había alguien sufriendo me reconfortaba.

Supe que aquellos pensamientos no eran normales a muy corta edad. Una noche, mientras mis padres y yo cenábamos en la cocina, los vecinos comenzaron a discutir acaloradamente en la ventana de enfrente. Recuerdo que estaba muy concentrado en retirar las espinas del pescado que cenábamos cuando empezó la pelea. Yo, un mocoso de apenas seis años, me quedé absorto en la discusión y dejé el tenedor sobre el plato. Mi padre, al verme, se levantó para cerrar la ventana. La mujer de nuestro vecino acababa de arrojar una taza al suelo con rabia y mis labios produjeron una involuntaria sonrisa. Mi madre, al percatarse, me dijo que aquello no estaba bien. Yo traté de explicar lo feliz que me hacía ver a los vecinos discutir, pero mis padres me mandaron callar y, tras bajar las persianas, no volvieron a dirigirme la palabra el resto de velada. Así fue como descubrí que yo no era normal y que, si no quería buscarme problemas, lo mejor sería que nadie se enterase.

El verdadero problema era que la infelicidad nunca era insuficiente. A veces pasaban semanas enteras sin que ningún vecino del barrio discutiese o llorase. Yo buscaba desesperadamente aquellas desgracias, recorría las calles en mi bicicleta verde buscando en cada ventana abierta un grito o un buen llanto. Me desesperaba no hallar nada útil y tener que regresar a casa con aquella sensación de vacío en el estómago. Para consolarme, solía poner alguna película en el viejo televisor del cuarto de estar, pero no era lo mismo. Aquella pena fingida no llegaba ni a rozar la mía.

La solución llegó por accidente. Era verano y yo vagaba por las calles del vecindario en busca de algo que calmara la rabia que sentía. Las escenas tras los ventanales eran idílicas. Los vecinos sonreían y se besaban, repartían abrazos y buenas palabras, felices por la llegada del sol y el buen tiempo a sus vidas. En ese aspecto, yo prefería el verano, la gente era más propensa a deprimirse cuando las lluvias y las nubes cubrían el cielo.

No lo vi cruzar porque estaba distraído buscando en las ventanas y el animal tampoco debió verme, pues no me esquivó. Lanzó un maullido ahogado y se quedo inmóvil en el suelo mientras mi bicicleta le pasaba por encima. Yo dejé caer la bicicleta al suelo y me acerqué para ver si aún respiraba, pero ya estaba muerto. Presa del pánico, subí de nuevo a la bicicleta y me alejé de allí pedaleando todo lo rápido que pude.

A la mañana siguiente conocí, por primera vez, la felicidad. Los vecinos cuyo gato había atropellado la noche anterior lloraban desconsolados la pérdida de su mascota. Las lágrimas caían a borbotones de sus ojos, dejando su mirada hinchada y vacía. La menor de sus hijas apretaba contra el pecho el cuenco del agua del felino con tal fuerza que, por un momento, creí que se lo clavaría. Una de las hijas mayores trataba de mantener la compostura tras sus gafas de cristal oscuro, pero sus labios apretados permitían adivinar su dolor.

Lo enterraron en el jardín delantero, junto al rosal. Durante una semana acampé en el jardín de enfrente, tras un árbol grande que me servía de escondite. Me quedaba allí, viendo a la familia salir y desviar sus tristes miradas hacia el rosal.

No puedo explicar la satisfacción que sentí ante tal logro. Ver sufrir a toda esa gente por algo que yo mismo había hecho fue completamente inesperado. Jamás se me hubiera ocurrido una idea así de no haber probado aquella sensación tan gratificante… pero lo hice y, después de aquello, nunca tuve suficiente.

El luto por el minino terminó un par de semanas más tarde y la angustia regresó a mí con más fuerza que antes del incidente. Yo trataba desesperadamente de calmar mi ansia de infelicidad recordando aquel cuenco de agua hundirse contra el pecho de la niña, pero no era bastante. Necesitaba algo más, algo que me devolviese esa sensación que tan rápido se había alejado de mí.

Mi siguiente víctima fue el canario de la señora Flinch. Lo planeé cuidadosamente. Sabía que la vieja señora Flinch se echaba siempre la siesta en la habitación de invitados del segundo piso y también sabía que la jaula de su canario se encontraba junto a la ventana del salón. Me acerqué hasta allí con mi tirachinas y apunté a la cabeza del pájaro. Solo necesité un tiro para acabar con él. A la señora Flinch le llevó una semana dejar de llorar al pasar junto a su jaula. Después la guardó en el desván y yo tuve que buscarme una nueva víctima.

Pasé mi infancia así. A veces asesinaba mascotas y otras veces destrozaba bienes materiales. Es curioso lo que puede llegar a afectar a una familia que su coche se queme o que alguien destroce su jardín, algo así puede provocar auténticos ataques de histeria. En el barrio nadie sospechaba de mí porque disimular era uno de mis puntos fuertes. Era realmente bueno dando las condolencias a las familias cuyas mascotas había asesinado.

Me hice mayor y mis necesidades aumentaron conmigo. Era difícil conformarme con un pajarito o una rueda pinchada, pero me esforzaba por controlar mis impulsos. Lamentablemente, no pude hacerlo.

La primera vez que asesiné a una persona el dolor me comía por dentro. Estaba en el hospital y mi madre acababa de morir. Sus manos, aún calientes, descansaban entre las mías cuando el pitido de aquella máquina me hizo comprender que la había perdido. La mirada vacía de mi padre me recordaba que estaba más solo que nunca sin ella.

Salí de allí enfermo de rabia. El dolor penetraba en cada poro de mi cuerpo y me retorcía por dentro. El pecho me ardía y la cabeza me iba a estallar. Las lágrimas no me dejaban ver y el aire comenzaba a faltar en mis pulmones. Busqué desesperadamente una tristeza a la que aferrarme, pero nada bastaba. La planta del hospital estaba llena de moribundos y familiares que los miraban con tristeza, pero nada era comparable al dolor que yo sentía.

Vi la oportunidad junto a la máquina de refrescos. Una mujer había dejado a su marido solo en la habitación para ir a buscar una botella de agua y supe que aquello era lo que necesitaba. Entré en la habitación sin hacer ruido y, a oscuras, ahogué a aquel hombre con una almohada. Después salí de allí mientras el pitido del monitor devolvía el aire a mis pulmones. La mujer llegó corriendo segundos más tarde, gritando desesperadamente. Aquello calmó el dolor, pero no lo apagó del todo. Después de aquel día, supe que nunca habría sufrimiento ajeno que bastara para acabar con el mío.

Mi padre me dejó de hablar después de la muerte de mi madre y, en consecuencia, yo decidí abandonar el hogar familiar. Me instalé en la sexta planta de un edificio del centro de la ciudad. Elegí aquel apartamento porque, desde la ventana, podía observar todas habitaciones del edificio de enfrente. Allí había muchas desgracias para consolarme.


La gente parece más infeliz aquí, en la ciudad. Es raro el día que, al mirar por la ventana, no tropiezo con alguna pelea o llanto. Me gusta pasear por las calles, plagadas de historias tristes por descubrir. Cuando siento que no puedo más, me acerco paseando hasta el cementerio en busca de algún entierro o viuda solitaria. Solo cuando no puedo más, cuando mi pulso se acelera y mis pulmones se paralizan salgo a matar. El miedo en los ojos de alguien que va a morir es lo más parecido a la felicidad que he encontrado hasta la fecha aunque, a veces, no puedo evitar pensar que quizás yo nunca haya sabido qué es la felicidad.

4 comentarios:

Claudia dijo...

Ö Increíble! me encantó!!

Ausencia Silenciosa dijo...

Quedé con una sensación terrible luego de leer esto... podrá existir alguien cuya felicidad descanse en la desgracia de otros?

noodle d´le crayon dijo...

wooow sin palabras!
creo que te amo como escritora, que genial de verdad te espera un futuro exito inmenso, exitos!

Carlos dijo...

Recuerdo un cine de verano, esos de las sillas plegables de madera, el suelo de arena y la pequeña taquilla a la entrada. Los niños aplaudíamos a los buenos e íbamos odiando al malo que era, a medida que avanzaba la peli, cada vez mas malo. Seguramente felicidad sería el momento en que el protagonista de tu Serial Killer muere a manos del bueno xD

Porque mira que era... malvado!

Magnífico relato, y maravillosa la forma de narrarlo entre la esencia del género negro, el terror y un diario que tras un visillo observa un mundo incapaz de ver el infierno que se esconde tras la sonrisa de un niño.

Un abrazo!