El último asiento a la izquierda

Esta historia comienza en un autobús urbano de color rojo. Como todos los autobuses urbanos de color rojo, tiene un conductor con camisa azul que mira al frente y, de vez en cuado, se gira para dar cambio. También tiene un grupo de escolares que golpean a los demás pasajeros con sus enormes mochilas y tiene, por supuesto, a una mujer mayor que les regaña en voz muy alta. Además de estos pasajeros, el autobús tiene todos los pasajeros habituales de cualquier autobús urbano a las cinco de la tarde.

Sin embargo, en el último asiento de este autobús, se encuentra la diferencia que le distingue de resto de autobuses urbanos de la ciudad. En la última fila de asientos del autobús, justo en el asiento de la ventanilla, alguien se ha olvidado esta historia. A simple vista, solo se trata de un puñado de folios arrugados pero, como este autobús no es cualquier autobús, también tiene una pasajera capaz de ver más allá del aspecto de esta historia.

Esta pasajera eres tú, claro. Una chica joven que sale de trabajar y que odia los autobuses urbanos. Por eso siempre te sientas en el último asiento del autobús, en ese que nadie más quiere porque está viejo y le falta el respaldo. En ese asiento del fondo a la derecha, donde estás a salvo de los escolares, de sus mochilas y de la señora que siempre les grita. Porque este es tu asiento, el asiento que ocupas todos los días a las cinco de la tarde. Pero eso ya lo sabías.

Lo que no sabías es que eres la protagonista de esta historia. Por eso, cuando has cogido ese puñado de hojas arrugadas y has empezado a alisarlas y ordenarlas te has quedado atrapada en sus letras. Porque lo último que esperabas era encontrar una historia en tu asiento. Porque lo último que esperabas era encontrar una historia que habla sobre ti.

Ahora tienes muchas preguntas que hacer pero nadie a quién formulárselas. Es lógico, teniendo en cuenta que esto no es más que un autobús urbano con una historia escondida en el último asiento. Aquí no hay nadie que sepa nada sobre ti salvo esta historia. Por eso sigues leyendo pese a estar asustada. Porque sabes que las respuestas están aquí. Y estás en lo cierto.

Te bajas del autobús en la siguiente parada, aunque no es la tuya. No, tu siempre te bajas en la última parada del recorrido, pero hoy has decidido bajarte en esta parada. Es la parada de la Calle Mayor, la misma parada en la que descienden dos de los escolares y un señor con bastón. Nada más bajar del autobús, el señor de bastón y tú giráis a la derecha y los escolares hacia la izquierda. No os decís adiós porque, pese a compartir cada tarde autobús, no os conocéis de nada. Y tú no hablas con extraños.

Ese es uno de los motivos de esta historia, pero hay más. Esta historia nace porque tú nunca hablas con extraños, pero también porque coges el mismo autobús cada día a la misma hora. Y, cómo no, porque eres la única persona de todo el autobús que se fijaría en unas hojas arrugadas olvidadas en el último asiento. Esta historia es, en realidad, para ti.

Ahora vas a girar a la derecha, en la esquina de la tienda de flores. La tendera es esa mujer sonriente que te mira con curiosidad antes de entregarte unas flores. Tú quieres preguntarle muchas cosas pero, por desgracia, ella no sabe nada. Ella solo sabe que alguien le ha pedido que entregue un ramo a las cinco y cuarto de la tarde a una chica que camine leyendo un puñado de papeles arrugados. Y, si miras a tu alrededor, tú eres la única persona de toda la calle que cumple con esa descripción. Así que le das las gracias a la tendera y te vas pero, antes, te detienes a oler tu ramo de violetas.

Al final de la calle, justo en la acera de enfrente, ves la pastelería. El olor de las violetas se entremezcla con el de los pasteles en el umbral, justo antes de que cruces la puerta. El pastelero te reconoce de inmediato. Tiene algo para ti, para la chica que a las cinco y veinte de la tarde entra en su pastelería leyendo unos folios arrugados con una mano y sosteniendo un ramo de violetas con la otra. Es una caja de pasteles que te da en una bolsa y te pide que no abras hasta que lo leas en esta historia. Después te pregunta si sabes de qué va todo esto pero tú no sabes mucho más que él y, tras darle las gracias, sales de la tienda.

Vuelves a cruzar la calle y giras a la izquierda esta vez. Presientes que el final de esta historia está cerca porque los folios empiezan a acabarse y porque, aunque quisieras, no podrías cargar con más regalos.

Mientras caminas, lees en esta historia que hay un chico que coge el mismo autobús que tú cada tarde. Tú nunca te has fijado en él, pero se suele sentar en el último asiento del autobús, el del fondo a la izquierda. Suele pegarse a la ventanilla, con un puñado de hojas arrugadas en las que escribe historias como esta con un bolígrafo azul. Este chico, el del autobús, a veces escribe las palabras que le gustaría decirte, pero en el autobús siempre hay mucho ruido y la señora que regaña a voces a los escolares de las mochilas no permite que nadie hable más alto que ella. Por eso, el chico del asiento del fondo a la izquierda, se ha estado tragando palabra tras palabra durante todo este tiempo. Por eso y porque tú no hablas con extraños. Porque tú, la chica del último asiento de autobús de la derecha, te sientas con tus libros de historias que no son esta y miras por la ventanilla, porque siempre sonríes al pasar frente a las violetas de la floristería y porque, aunque acabes de enterarte, nunca te has fijado en el chico que escribe historias para ti en el extremo opuesto del autobús.

Justo en este instante comprendes que el chico del autobús soy yo, ese tipo desgarbado y medio asustado que te espera de pie junto a un banco en el parque. Ese chico que sujeta un puñado de papeles arrugados contra su pecho y que te mira como si su vida entera descansara en tus manos.

Te acercas a mí sin saber muy bien qué decirme, por eso no dices nada. Yo te invito a sentarte en el banco y tú sacas los pasteles. No te sorprende ver que son tus preferidos porque ahora ya recuerdas que alguna vez los has comido en el autobús, en el último asiento del fondo. Te ríes al darte cuenta y me ofreces uno. Después comenzamos a charlar sobre el autobús rojo, la señora que regaña a los escolares y las mochilas gigantes que empujan a los pasajeros, sobre el conductor de la camisa azul y sobre el hombre del bastón, sobre la tendera de la floristería y sobre el pastelero. Nos reímos, nos acabamos los pasteles, nos miramos a los ojos…y, al final, me preguntas “¿Cómo termina la historia?” y yo, por supuesto, te digo que el final lo escribimos juntos.

17 comentarios:

Caribdis dijo...

Precioso... Vivimos encerrados en nosotros mismos y nos perdemos lo mejor, menos mal que siempre existe alguien nos puede despertar.

Yandros dijo...

Te cambio mi "nivel", como tu dices, para escribir ciencia ficción, por tu facilidad para narrar la vida cotidiana, describir lo cercano, dibujar lo mundano, lo más evidente, el mundo real.
Juegas con las palabras, las repites sin crear hastío, mas bien inquietud, ganas de saber más.
Tus relatos son pequeñas fotografías de la vida
Y este particularmente, me ha encantado

bixitoluminoso dijo...

:0

(solo te dejo eso y creo q basta)

Ausencia Silenciosa dijo...

Me gusta mucho la elección del tipo de narradoor, le da la vida a la historia! EXCELENTE, as always!

La hija de Caronte dijo...

Me has dejado pasmada, ¡cuánta imaginación! jamás se me hubiese ocurrido una historia tan buena. Felicidades! :)

ariana dijo...

me ha fascinado.


"y que te mira como si su vida entera descansara en tus manos" ¿confianza, esperanza?

Paula dijo...

Has conseguido emocionarme.
Una historia genial :)

Lorena G.B dijo...

Es genial encontrar por la Net de la mano de Nicir rincones como este, donde se respira arte.

Y sí, yo también me quedo :)

galicia maravillas dijo...

una historia fascinante:))) y lo que más me ha gustado: la frase final, bueno, todo el último párrafo :)) besotessss :))))

Claudia dijo...

Un relato fantástico, jamás se me hubiera ocurrido una historia así!! :D

Sara dijo...

¡¡¡Me ha encantado!!! Parece increible que de un lugar tan pequeño, como es un autobús, pueda salir una historia tan grande y entrañable. Magnífico.

patri dijo...

Ains pero qué bonita historia!!!qué cerca tenemos las cosas a veces...

patri dijo...

Ains pero qué bonita historia!!!qué cerca tenemos las cosas a veces...

Caja de Cartón dijo...

Más de una vez me he sentido bastante como el chico que escribe historias para la chica del autobús, y creo que por eso este relato me ha llegado de forma especial.

Siempre me he preguntado qué pasaría si alguna vez alguno de mis desconocidos a los que admiro en silencio recibiese una historia escrita por mi que a su vez estuviera basada en ellos, si tendrían la misma curiosidad e inocencia que tu chica del autobús o si se asustarían, pensarían que es una broma o algo peligroso, y me tomarían por loco psicópata o derivados.

Es adorable encontrar tanta ternura en tus palabras.

Después de leerte, te hacen creer con más facilidad que un mundo mejor es posible.

Un saludo escondido en una Caja de Cartón.

Nana dijo...

Eres extraordinaria:)

Verónica (peke) dijo...

Precioso, unico e profundo, me ha encantado tu nuevo post, no dejes de crear historias y de contarlas...

besotes de esta peke.

pd. te espero por mi rincon con tu taza de cafe, siempre que quieras...

Carlos dijo...

En un mundo cada vez mas programado, calculado y anticipado, tu historia rompe esa cuadrícula devolviendo al autobús su espacio de improvisación, dando al tiempo su cercanía, a los pasajeros vida propia, a ellos imaginación, curiosidad, atrevimiento, sorpresa, confianza e ilusión, una historia que transforma lo natural en mágico :)

Magnífica!

Un abrazo!