Todas las veces que no nos conocimos

La primera vez que no te conocí fue aquel verano en Benidorm. Yo tenía ocho años y veraneaba, a regañadientes, con mis abuelos. Solíamos bajar todos los domingos por la tarde a tomar un helado a aquella heladería de los toldos azules en el paseo marítimo. Yo me pedía uno con dos bolas, de vainilla y chocolate, que nunca lograba acabarme. Tú tenías siete años y pasabas una semana con tus padres en un hotel con pensión completa. El domingo que llegaste, tu padre os llevó a tu madre y a ti a la heladería de los toldos azules. Te pediste un cucurucho con dos bolas, de vainilla y chocolate, que no pudiste acabarte. Ese mismo domingo, por la mañana, mis padres habían ido a buscarme.

La segunda vez que no te conocí era un poco más mayor, tenía dieciséis años. Estuve ahorrando durante seis meses para poder ir a aquel concierto. Mis padres no querían dejarme ir porque tenía que pasar la noche fuera, pero conseguí convencerles. Me presenté en Madrid a las siete de la mañana dispuesto a hacer cola para conseguir un buen sitio. Me encontré con que la fila ya daba la vuelta a Las Ventas. Al final vi el concierto desde el lateral izquierdo, con un grupo de amigos que hice esperando. Tú, sin embargo, lo hiciste en primera fila tras pasar toda la noche en la calle, con tu mejor amiga y tu padre.

La tercera vez yo ya tenía dieciocho años y acababa de llegar a la capital. Buscaba el piso compartido en el que iba a vivir hasta que terminara la carrera. En la calle Arenal pedí ayuda a una mujer con un vestido de flores granate. Ella me indicó cómo llegar y siguió caminando para alcanzar a su hija. Su hija eras tú.

La cuarta vez yo estaba en clase de Física de primero, tratando de entender a la segunda las explicaciones de aquel desfasado profesor. Me sentaba en primera fila, con mis apuntes del año anterior y mi calculadora científica, completamente concentrado en cada palabra que salía de la boca de catedrático. Tú, recién llegada a la Universidad, parloteabas con una amiga en la última fila. No volviste a aparecer en aquella clase.

La quinta vez tenía veinticuatro años. Era mi segunda entrevista de trabajo del día y estaba algo desmotivado. Yo llevaba mi único traje y respondía nervioso las preguntas de mi entrevistador. Estuve media hora tratando de convencerle de que era el candidato ideal para el puesto sin tan siquiera estar seguro de si aquello era cierto. Cuando me fui llamaron al siguiente candidato. Eras tú.

La sexta vez fue en un cine. Yo iba con una chica con la que llevaba saliendo un par de semanas y tú con el novio con el que ibas a romper después de cinco años. Nosotros en la sala cinco, vosotros en la siete.

La única vez que te conocí, sin embargo, todo fue mucho más simple. Me crucé contigo por la calle una mañana de camino al trabajo. Tu me miraste con curiosidad y, sin poder evitarlo, me preguntaste: “¿Te conozco?”. Yo, sin dudarlo, respondí: “Llevamos toda la vida sin conocernos”.

9 comentarios:

P. dijo...

*-* pero como coño se te ocurren cosas tan geniales por dios!!!!? :) Me encanta de verdad que lo adoro ^^ Me lo he leido 3 veces seguidas menuda pasada :D Pfff... sigue escribiendo asi por favor.

Sara dijo...

Fantástico tocaya!!!

Paula dijo...

qué historia tan bonita!
:)

Carlos dijo...

Genial

Transformas un puzzle de vida corriente en algo fantástico uniendo cada momento con palabras.

Nunca no conocerse generó tal conocimiento :)

B. dijo...

Necesitaba leer algo como esto.
Gracias.

(mágico el último encuentro)

lagartija al sol dijo...

Y es que el destino es un ser cabezón.
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Tus textos son letras aladas. Nunca dejes de inventar.

:-)

*Sechat* dijo...

Eres grande y por aquí siempre se encuentran maravillosos tesoros. ¡Genial!

Verónica Toro dijo...

Ay, adorable, adorable, adorable!

AdR dijo...

Suscribo lo que dice Sechat.

¿Para qué añadir más? :)

Besos