Línea 110

Recuerdo la fecha exacta: 14 de Agosto de 2005. Lo sé porque era el cumpleaños de mi mujer y yo estaba trabajando. Normalmente hubiera cambiado el día con algún compañero pero, entre vacaciones y bajas, estábamos cortos de personal y necesitaban que alguien cubriera la 110.

A mí la 110 no me gustaba. En realidad, a nadie le gustaba. Era la línea que solían dar a los nuevos y que todos, sin excepción, dejaban en cuanto tenían ocasión. Contaban cosas raras de ella. Decían que a veces, al llegar a la penúltima parada, el timbre se pulsaba solo. Había otros motivos también, más terrenales. Era la línea de autobús sobre la que más lágrimas se habían vertido. Y luego estaba todo eso de los claveles, olvidados en algún asiento en el último trayecto. Era la línea más triste de la ciudad, de eso no había duda.

Le prometí a mi mujer que llegaría pronto a casa así que, puntualmente, me disponía a arrancar a las 18:35 cuando la vi. Intentaba correr para coger el autobús, pero lo más que conseguía era un movimiento torpe y descoordinado que parecía eternizar su llegada. Pensé en arrancar e irme pero el mío era el último autobús y no podía dejar a aquella mujer allí tirada así que, me armé de paciencia y esperé.

- Gracias - me dijo nada más subir - Creí que lo perdía.
- No se preocupe señora, dije.- Y, acto seguido, arranqué el autobús.
- Nunca antes me había pasado - prosiguió la mujer.- Vengo cada domingo a ver a Vicente, ¿sabe? Llego con el primer autobús y me voy en el último.

La miré de reojo. Tendría unos sesenta años. Vestía de negro y llevaba el pelo muy corto. Era regordeta y bajita. No recordaba haberla llevado en el autobús por la mañana pero era exactamente igual a todas las viudas que, cada domingo, visitaban aquel lugar.

- ¿Vicente era su marido?- era mi única pasajera y parecía necesitar charlar, no pude contenerme.
- Si. - dijo, agachando la mirada.
- Lo siento. ¿Hace mucho que…?
- Tres años justo hoy.- Lamenté haber iniciado aquella conversación al ver sus ojos- Era un buen hombre. Éramos muy felices. Vinimos a vivir a Madrid cuando éramos aún unos críos. La ciudad no era entonces ni la mitad de lo que es ahora. Tendría que haberla visto entonces, sin todo el ajetreo de ahora.

No quise interrumpirla para aclararla que, en realidad, no era mucho menor que ella y que Madrid llevaba muchos años siendo una ciudad extensa y ruidosa. Opté por callarme y escuchar su historia. Vicente, su primer y único amor, había fallecido hacía tres años de un cáncer. No habían tenido hijos y ahora ella estaba sola. Visitaba cada domingo la tumba de su marido para narrarle los sucesos de la semana, por pocos que fueran. Le gustaba recordar sus momentos felices allí, en la soledad de aquel enorme cementerio. No le llevaba flores porque a él nunca le gustaron, sin embargo, solía llevar escrito algún poema de su libro preferido y, tras leérselo, lo dejaba sobre la lápida bajo una losa.

- Tuvimos suerte, ¿sabe? Hoy día es difícil conseguir que te entierren en condiciones. La tumba de mi Vicente es la más bonita de toda la Almudena, se lo aseguro, la reconocería entre un millón. No queda muy lejos de la parada del P-10 - sacudí la cabeza. Hacía años que no escuchaba llamar a la 110 de aquella manera- Yo me bajo aquí, en Santa Felicidad. Fue idea de Vicente. Cuando vio el nombre de la calle se empeñó en comprar una casa aquí. Éramos tan felices que, según él, hubiese sido un pecado no hacerlo. Era un buen hombre, el mejor… - siguió murmurando mientras descendía del autobús. Luego, arranqué.



No conseguí sacarme de la cabeza a aquella mujer y su triste historia en toda la semana. Supongo que por eso, el domingo siguiente, me encaminé cual autómata cementerio de la Almudena en su busca.

Dicen que la Almudena es el cementerio más grande de Europa. En un sitio así, encontrar una tumba es como buscar una aguja en un pajar… pero tenía tiempo y, sobre todo, la intuición de que aquella mujer necesitaba mi ayuda.

La reconocí de inmediato. La señora tenía toda la razón: era inconfundible. La tumba estaba completamente abandonada, pero ocupaba un lugar estratégico entre dos majestuosos panteones. Lo primero que vi fue la gran losa de mármol bajo la cual se ocultaban aquellos poemas de cada domingo. La levanté con cuidado. Allí seguían los viejos papeles amarillos, aplastados por el paso de los años. Todo aquel amor oculto bajo la piedra. Era fascinante, sin embargo, había algo que no cuadraba. Elevé la mirada para confirmar mis temores. Sobre la lápida, una inscripción:

Vicente García Cortés
1 de Abril de 1911 - 14 de Agosto de 1977
María Lorenzo Ávila
16 de Septiembre de 1918 - 14 de Agosto de 1980
Espérame, amor mío, que ya voy a buscarte.”


No volví a conducir la línea 110 pero, desde aquel día, cada 14 de Agosto regreso al cementerio para depositar bajo la losa un nuevo poema. Ella solo buscaba a alguien que recordase su gran historia de amor.

7 comentarios:

Nerea dijo...

Joder que bonito...me encantó en serio. Un besazo enorme!

Claudia dijo...

¡Me encanta esta entrada! Es fantástica, no me hubiera esperado ese final, Ö
Escribes muy bien :D
Besos, Claudia.

La chica de los calcetines de colores dijo...

Mereció la pena pasarse una mañana buscando la tumba, seguro.

Lynx dijo...

Precioso.

Pedalier dijo...

Qué bonito.

Samer K dijo...

Fijate que tus relatos me encantan, me apasionan. Pero este ha sido sencillamente brutal. Me arrancaste una lagrima...

Carlos dijo...

Me atrapó desde que lo leí,como una puerta que se abriera hacia un tiempo detenido y en el he pasado este día, ya ayer.

Es un maravilloso relato, emotivo y entrañable.

Un abrazo!!